ACTUALIDAD DE ESPAÑA AÑO
2004
16/07/2004:
El desafío soberanista
Acabado
el curso político 2003-2004 con numerosos y profundos cambios
en la res pública española, a estas alturas
está ya todo el mundo agotado. No todos los años se
levanta uno fiel aliado del más grande liberador de Estados
sometidos a la tiranía y se acuesta con un Gobierno impuesto
por una red de terrorismo internacional rendido a la masonería.
Más
allá de la espectacularidad de algunos de los cambios, parece
claro que la verdadera y trascendental transformación a la
que hemos asistido es a la ruptura del precario y provisional consenso
en torno a la estructura del Estado alcanzado con la Constitución
española de 1978. Los perfiles de la política aznarista,
que poco a poco fue haciendo más explícita una idea
de España de trazo grueso y conflictivo, han catalizado la
ruptura del pacto de mínimos que la transición produjo.
Probablemente toda la política de Aznar, incluyendo el estilo
y las alianzas internacionales que acabaron costando a la derecha
las Elecciones de 2004 se explican, en el fondo, como mero reflejo
de esa idea de España. Y la imposición de la misma
es muy probablemente, también, una de las razones por las
que creció un caldo de cultivo que permitió la tremenda
transformación que supone ver cómo un partido pasa
de disfrutar de una cómoda mayoría absoluta a la oposición.
Liquidado
el Aznarato, y merced al nuevo talante, al ansia infinita de paz
y a todas esas cosas, muchas de las tensiones producto de la rutilante
aparición de Españaza han desaparecido también.
No obstante, la reacción en forma de desafío soberanista,
que tanta fuerza y respaldo social logró en los años
de Gobierno Aznar en Catalunya y Euskadi, va a condicionar enormemente
el debate constitucional que, inevitablemente, va a abrirse en esta
legislatura.
El
próximo curso político será el de la respuesta
política a los indudables desafíos soberanistas planteados
en la actualidad, muy significadamente, por la Comunidad Autónoma
Vasca (Catalunya, con el PSC de abanderado, está de momento
aprovechando la estela para conseguir objetivos similares con menor
estruendo y con un formato admisible en un federalismo, asimétrico,
por supuesto, que no chocaría necesariamente con la idea
de España como Estado). De cómo se articule ésta
dependerá en gran medida cómo se conformará
la España de los próximos años. No es poca
cosa, por lo que quizá, cerrando el curso político,
convenga echar la mirada atrás.
El
"Plan Ibarretxe"
En
el marco de la tradicional tensión entre las instituciones autonómicas
vascas y el Gobierno español, el Ejecutivo vasco y su Lehendakari
Juan José Ibarretxe iniciaron en 2003 un proceso de reforma estatutaria
con la expresada intención de superar tanto el marco del Estatuto
de Gernika como los lindes que la Constitución de 1978 establece
para el reparto de competencias Estado-Comunidades Autónomas.
La
propuesta, gestada en un momento en el que el conflicto político
entre las instituciones regidas por partidos nacionalistas y el
Gobierno español era máximo, supone el ejercicio de ruptura política
efectivamente llevado a cabo (y no meramente expresado) más importante
que el nacionalismo conservador vasco (encabezado por el Partido
Nacionalista Vasco, la fuerza hegemónica dentro del mismo) ha emprendido
nunca. Fiel a su tradición, con todo, las líneas maestras de la
propuesta no pretenden desligarse total y absolutamente de la estructura
institucional y orgánica encarnada en el Reino de España. Probablemente
influyen en esta modestia última (al menos, si se compara con las
aspiraciones que parecerían deducirse lógicamente de un credo nacionalista)
tanto consideraciones de tipo pragmático (los efectos de la independencia
sobre la economía vasca están lejos de intuirse, a día de hoy, positivos
y la perspectiva de la integración en la Unión Europea de un hipotético
Estado Vasco presenta cuando menos algunas dificultades directamente
conectadas a los recelos franco-españoles que tendría que vencer)
como la tradicional visión que el nacionalismo vasco tiene de sí
mismo, del pueblo vasco y de sus instituciones, preñada de un marcado
foralismo deducido de una especie de Unión Dinástica en la que la
Monarquía española juega (ha de jugar) inevitablemente un papel
al que no parecen dispuestos a renunciar. Debido a esta peculiar
concepción, las posturas sobre la incardinación constitucional del
País Vasco en un Estado español que lo incluiría junto a otras naciones
tanto del PNV como de eximios representantes del conservadurismo
monárquico español (véase el caso de Miguel Herrero y Rodríguez
de Miñón) han coincidido de manera más paradójica que sorprendente.
Con todo, y a pesar de esta limitación última, la propuesta del
Lehendakari Ibarretxe ha sido la más ambiciosa que nunca ha expresado
institucionalmente el nacionalismo vasco. No es casualidad que viniera
amparada por el clima social más favorable a las tesis nacionalistas
de las que éstas han disfrutado nunca, en un momento político, el
de la II Legislatura del Gobierno Aznar en España, que puede catalogarse
sociológicamente, como involuntario efecto de las posturas de aquél,
de verdadera época dorada de los nacionalismos periféricos.
Aunque inicialmente no se tuvo claro si operar de esta manera, finalmente
el Gobierno vasco optó por dar al texto el carácter de una propuesta
de nuevo Estatuto de Autonomía (en la línea ya señalada, de no llevar
a cabo actuaciones que supusieran una ruptura total y definitiva
con el entramado constitucional español, como habría sido, por ejemplo,
la elaboración de una suerte de "Constitución vasca", manifestación
de un pretendido derecho de autodeterminación del pueblo vasco).
El texto de la propuesta de nuevo Estatuto para Euskadi así remitido
por el Gobierno Vasco para su debate en la Cámara legislativa autonómica
(el llamado "Plan Ibarretxe" [PDF])
presentaba (y presenta), sin embargo, de manera evidente, contenidos
que lo hacían directamente incompatible con el orden constitucional
español, en cuanto preveía para las instituciones autonómicas vascas
un régimen de excepciones y derogaciones a un buen número de previsiones
constitucionales que, sencillamente, hacían imposible su conciliación
con la actual Constitución española salvo reforma previa de la misma.
La
respuesta a la viabilidad jurídica y política del "Plan Ibarretxe"
El
desafío político que supone la remisión a la cámara parlamentaria
autonómica vasca de un proyecto de reforma estatutaria de semejante
jaez no se le escapa a nadie. Es indudable que el nacionalismo vasco,
aprovechando ese dulce momento al que le había conducido en el País
Vasco la política del Gobierno Aznar, plantea un órdago a las instituciones
estatales y al orden constitucional vigente, que pretende alterar
y rediseñar de acuerdo con los postulados deseados por el nacionalismo
vasco más conservador.
Frente
a un reto político de semejante magnitud, la respuesta del Gobierno
español, presidido entonces por José María Aznar (Partido Popular,
derecha tradicionalista), se decanta por confundir los planos político
y jurídico. En lugar de optar por permitir la natural evolución
de lo que son pretensiones de cambio legítimas a través de los cauces
previstos en el ordenamiento (discusión en el Parlamento vasco;
posterior remisión del texto aprobado por el mismo a las Cortes
españolas, de donde ha de salir la versión definitiva y donde los
representantes de la soberanía nacional cuentan con enorme capacidad
de actuación política para rediseñar el texto y, en su caso, adaptarlo
a las previsiones constitucionales; si aun así hay incompatibilidades
con la Constitución no subsanadas por las Cortes, y una vez aprobado
el Estatuto, planteamiento ante el Tribunal Constitucional de sus
posible óbices jurídicos...) el Gobierno trató desde un primer momento
de abandonar el campo del debate político y sustituirlo por la confrontación
jurídica inmediata, directa y cegadora de la discusión parlamentaria.
A
esta estrategia responde la decisión del Gobierno Aznar de impugnar
ante el Tribunal Constitucional la propuesta de reforma estatutaria
antes de que ésta fuera debatida en el Parlamento vasco. Para ello
construye procesalmente un recurso en el que cuestionó la constitucionalidad
del acuerdo del Gobierno vasco que decidió remitirla a la cámara
así como la propia decisión de la Mesa del Parlamento Vasco de admitir
el texto para su debate.
La
esencia político-constitucional del recurso se basó en la idea de
que no entra dentro de las atribuciones de un Gobierno iniciar un
debate sobre cuestiones sobre las que carece de competencias (tales
cuales una reforma constitucional) o proponer la aprobación de textos
jurídicos abiertamente inconstitucionales, como tampoco entra en
las atribuciones de un parlamento debatir cuestiones que no le competen
o abiertamente inconstitucionales. En atención a estas consideraciones,
y sin tomar en consideración las evidentes posibilidades de evolución
de un texto a lo largo de su debate parlamentario, el Gobierno entiende
políticamente conveniente cercenar el mismo trámite y debate del
texto. Y acude para ello al Tribunal Constitucional, en la esperanza
de que éste le dé la razón. La actitud del Gobierno, reveladora
de un espíritu muy cercano a las ideas de que la democracia ha de
ser tutelada de forma militante y de que la expresión de ideas ha
de ser limitada, incluso en sede parlamentaria, cuando se manifiesta
en contra del orden constitucional busca en el fondo anticipar el
hipotético reproche jurídico que pudiera merecer un nuevo e hipotético
Estatuto de Autonomía del País Vasco aprobado en esos términos con
la finalidad de impedir la discusión política del texto propuesto
y de sus alternativas.
Debe
tenerse en cuenta que la vía impugnatoria elegida, entre otras cosas,
provoca el inmediato efecto de la suspensión de las actuaciones
recurridas. Es decir, la paralización del debate (que, admitida
la impugnación, puede prolongarse indefinidamente). Estas consideraciones
y otras de un cariz similar han sido la base de no pocas críticas
a la actuación del Gobierno Aznar, con independencia del juicio
que pueda merecer el "Plan Ibarretxe" (que de forma prácticamente
unánime es considerado manifiestamente contrario a la actual Constitución
española, con las inevitables excepciones de jusritas "de corte").
Por su autoridad en la materia, son especialmente recomendables
las reflexiones que realizó el Profesor de Derecho constitucional
Francisco Rubio Llorente en un artículo aparecido en el diario "El
País" y titulado de forma meridianamente clara: "Una impugnación
equivocada" [PDF].
En cualquier caso, pocas dudas pueden albergarse respecto de la
consciencia con la que el Gobierno se embarca en una batalla política
de inusitada virulencia, en la que no duda en emplear todos los
medios a su alcance, por complicado e incierto que sea su encaje
constitucional. Tal alternativa es coherente con los pocos complejos
con los que, en general, se habían venido ventilando por vía jurídica
los enfrentamientos con el nacionalismo vasco desde que el Gobierno
del Partido Popular pudo prescindir de los apoyos parlamentarios
provinentes de los sectores más conservadores de aquél. Si bien
en un primer momento el hecho de que las leyes convertidas en una
suerte de remedo de baterías políticas se dirigieran especialmente
contra el entorno social y político que apoya la lucha armada terrorista
(en un proceso que culminó, recordemos, con la ilegalización de
los mismos) permitió un sorprendente silencio en torno a ciertos
excesos indudables (es el caso de la reforma de la financiación
de partidos políticos realizada con el único propósito de convalidar
la práctica ilegal del Ministerio del Interior de negar la misma
a ciertas formaciones, que se hizo extensiva con una extensión muy
probablemente contraria a la Constitución; ¡y es que incluso se
aprobó con carácter retroactivo!), la ampliación del espectro del
nacionalismo vasco a combatir llevó estas derivas a extremos ciertamente
notables, llegando a afectar incluso a la legislación penal, que
en un Estado de Derecho ha de constituir un ejemplo de prudencia
y proporcionalidad. La política criminal del Gobierno del Partido
Popular acabó, por esta vía, en convertirse en un instrumento más
de respuesta a los problemas políticos planteados por el "Plan Ibarretxe",
excéntrica y preocupante utilidad de la misma que culmina con la
reforma penal que pretende incluir la posible convocatoria de un
referéndum sobre el mismo en conducta delictiva.
Viabilidad
jurídica de la impugnación del Gobierno de España
Más
allá de la cuestionable elección gubernamental, al anticipar el
debate jurídico para taponar el desarrollo del debate político sobre
el texto, es extraordinariamente interesante analizar la posible
base jurídica para llevar a cabo una impugnación de la naturaleza
de la pretendida por el Gobierno.
La
vía a la que acude el Gobierno español, el artículo 161.2 de la
Constitución española, permite al Gobierno "impugnar ante el Tribunal
Constitucional las disposiciones y resoluciones adoptadas por los
órganos de las Comunidades Autónomas. La impugnación producirá la
suspensión de la disposición o resolución recurrida, pero el Tribunal,
en su caso, deberá ratificarla o levantarla en un plazo no superior
a cinco meses". Con base en el desarrollo legislativo (que fue y
es, por otra parte, cuestionado) realizado por la LOTC, se ha venido
entendiendo que la aplicación de la previsión de la suspensión automática
afecta también a los recursos de inconstitucionalidad contra leyes
autonómicas (art. 161.1 a) de la CE) dado que también son "disposiciones
(...) adoptadas por los órganos de las Comunidades Autónomas". Más
allá de este efecto, el art. 161.2 CE en sí mismo se refiere a la
posibilidad de que el Gobierno impugne ante el Tribunal Constitucional
"disposiciones y resoluciones" de órganos autonómicos. Esto es,
actuaciones no legislativas sino administrativas (ya sea la aprobación
de reglamentos -disposiciones- o la adopción de actos administrativos
-a través de las correspondientes resoluciones-) que, por excepción
a lo que ocurre cuando su origen es estatal (donde sólo la jurisdicción
ordinaria puede entrar a valorar si se adecúan o no a Constitución),
podrán ser objeto de revisión en sede constitucional. Y así ha venido
entendiéndose y aplicándose.
La
pretensión del Gobierno de España de impugnar tanto el acuerdo del
Gobierno Vasco que decidió remitir a la cámara la propuesta de nuevo
Estatuto así como la propia decisión de la Mesa del Parlamento Vasco
de admitir el texto para su discusión plantea por ello, junto al
debate jurídico-político más global al que hemos hecho referencia
inicialmente (aceptación de la tramitación de cualquier iniciativa
parlamentaria frente a la idea de que ciertas propuestas inconstitucionales
no han de poder ser siquiera tramitadas), planteaba una cuestión
jurídica extraordinariamente interesante, referida a la posibilidad
de entender comprendidas en la noción de "resoluciones" del artículo
161.2 CE las citadas actuaciones del Gobierno y Parlamento vascos
impugnadas.
Sobre
la posibilidad de entender estas actuaciones efectivamente encuadradas
en el concepto de "resoluciones", asunto técnicamente crucial, el
Gobierno español buscó el apoyo de reputados especialistas. El Centro
de Estudios Políticos y Constitucionales (órgano entonces dependiente
del Ministerio de la Presidencia y, en la actualidad, del Consejo
de Estado) ha dado a conocer a través de su página web tres estudios
jurídicos de enorme densidad, que ofrecemos por su interés científico
y por ser su acceso libre (pero que alojamos en nuestro servidor
para evitar incrementar el consumo de ancho de banda ajeno), de
los Profesores de Derecho administrativo Juan Alfonso Santamaría
Pastor [PDF]
y Tomás-Ramón Fernández Rodríguez [PDF]
y del Profesor de Derecho constitucional Pedro González-Trevijano
[PDF].
Los tres coinciden en apoyar las tesis de la Abogacía del Estado,
que creía viable el recurso, y que finalmente acabarán siendo rechazadas
por el Tribunal Constitucional. Aunque es cierto que, frente a la
argumentación desarrollada por el trabajo de Fernández Rodríguez
y, de manera más amplia y conectada con la idea de la conveniencia
de incrementar la impugnabilidad de las actuaciones de trámite,
por Santamaría Pastor, se echa en falta en la Sentencia un mayor
desarrollo a la hora de rebatir estas tesis (algo por otra parte
achacable a que tampoco la Abogacía del Estado hizo excesivo hincapié
en ellas, centrando su argumentación en la parte más política del
conflicto, quizá como consecuencia de un cálculo, que a la postre
resultó equivocado, de que por esa senda eran mayores las posibilidades
de recabar los apoyos de una mayoría del Tribunal).
A
fin de cuentas, es de justicia reconocer que la expresión "resoluciones"
contenida en el art. 161.2 CE no es precisamente unívoca. Habría
sido ésta, muy probablemente, una excelente ocasión para aclarar
cuál es el ámbito que nuestro Tribunal Constitucional considera
oportuno atribuirle. De las argumentaciones de los dictámenes, así
como de los precedentes que los mismos esgrimen, se extrae la compatibilidad
de la jurisprudencia constitucional habida hasta la fecha con la
posibilidad de conceptuar las actuaciones impugnadas como resoluciones.
Otra cosa, que apunta pero no desarrolla el Tribunal Constitucional,
es que la impugnabilidad de las mismas pueda quedar asociada a algo
más que lo que es su contenido en tanto que resoluciones: actuaciones
de mero impulso y trámite. Son, en tanto que "resoluciones", enjuiciables,
pero lo han de ser únicamente respecto de su contenido propio en
tanto que tales, en tanto que resoluciones: esto es, al margen de
cuál sea el concreto contenido que trasladen (que es cuestión absolutamente
contingente y que en nada condiciona o afecta a la resolución en
sí). Esta idea, más esbozada que efectivamente expuesta, parece
sustancialmente correcta, y permite conciliar técnicamente las exigencias
más garantistas (reflejadas en la voluntad de extremar las posibilidades
de recurso, incluso frente a actuaciones de trámite suficientemente
relevantes) con la evitación de resultados tan desproporcionados
como serían los resultantes de una suspensión del debate parlamentario
como consecuencia de la contaminación que el fondo de lo trasladado
pudiera provocar sobre la concreta resolución del Gobierno o del
Parlamento, perfectamente legales y constitucionales en sí mismas
consideradas, de dar traslado de unas u otras propuestas.
La solución dada por el Tribunal Constitucional: desestimación
del recurso del Gobierno
El
Tribunal Constitucional, centrándose sobre todo en las consideraciones
más de tipo constitucional-finalista que abundando en las cuestiones
de carácter más técnico-procesal (lo que por otra parte es una elección
muy sensata, dada la naturaleza del conflicto que estaba resolviendo)
rechazó finalmente la posibilidad de que las actuaciones del Gobierno
y Parlamento vascos fueran impugnadas, mediante el Auto de 20 de
abril de 2004 con el que resolvió la cuestión [PDF].
La argumentación del Auto adoptado por la mayoría, al margen de
desgranar consideraciones de tipo técnico, se centra en la defensa
de la necesidad de que el ordenamiento constitucional permita el
debate en sede parlamentaria de cualquier iniciativa. Asunto éste
que acaba convirtiéndose en el centro de la discusión, y que muestra
la radical distinción entre dos formas de entender la democracia
radicalmente diferentes. De hecho, y no obstante la existencia de
siete magistrados favorables a rechazar la impugnación gubernamental,
la complejidad y polémica del asunto, junto con lo enconado de las
posturas en un asunto que en el fondo remite a la misma concepción
de cada uno de los Magistrados sobre qué ha de ser una democracia,
ha llevado a la división del Tribunal, pues hay cinco votos en contra
del Auto finalmente adoptado. Estas posturas, que han dado lugar
a los correspondientes votos particulares [PDF]
, incluyendo uno del entonces Presidente del Tribunal Constitucional,
el Magistrado Jiménez de Parga, abundan justamente en la idea de
que el debate político en una democracia no puede versar sobre cualquier
cosa, sino que se halla limitado por unos mínimos que en cualquier
caso deben ser respetados y que coincidirían con el respeto a las
líneas básicas del diseño constitucional.
Tal
concepción de "democracia constitucionalmente militante", por definirla
de alguna manera, es cierto que choca radicalmente con el propio
diseño constitucional (como ponía de manifiesto, por ejemplo, el
Profesor Rubio Llorente en el artículo ya mencionado [PDF]).
Y, por supuesto, no se corresponde con los estándares tradicionales
con los que se ha construido la noción de soberanía popular, la
propia esencia del Estado democrático de Derecho o con los que se
ha juzgado como un avance el encuadramiento jurídico de la manifestación
de la voluntad popular a través de los poderes constituidos. De
hecho, como señala la propia mayoría del Tribunal Constitucional
en su Auto, un planteamiento de esta naturaleza provoca el paradójico
efecto de, llevada al extremo, impedir cualquier revisión constitucional.
No
obstante lo cual, es de justicia señalar que juristas de la trayectoria
del Profesor y ex-Presidente del Tribunal Constitucional Álvaro
Rodríguez Bereijo se alinearon con las tesis jurídicas que aceptaban
la posibilidad de impugnación de estas actuaciones precisamente
razonando, muy especialmente, sobre estas bases [PDF].
Y todavía tras la decisión del Tribunal Constitucional algunas de
las primeras reflexiones publicadas perseveran en esta línea. Es
el caso del artículo aparecido recientemente en el nº 628 de la
revista Actualidad Jurídica Aranzadi -no disponible en abierto en
la red-, donde Manuel Pulido Quecedo reitera este tipo de argumentaciones:
"Con su desacertada expresión de que cortar el debate supondría
someter al Parlamento a tutelas inadmisibles, el TC parece mantener
al Parlamento (máxime un Parlamento territorial, al que parece reconocérsele
«everything»), fuera del respeto debido al Derecho, porque al fin
y a la postre el Parlamento es un órgano constitucional del Pueblo
y del Estado, sometido al Derecho (art. 9.1 CE). La pregunta de
si un proyecto de ley que reintrodujese la pena de muerte ¿debería
también ser admitido para su debate porque si no se desvirtuarían
los principios fundamentales de la democracia parlamentaria, sin
necesidad antes de reformar la Constitución?, recorre como un espectro
la decisión del TC". Parece todavía necesario explicar que, en efecto,
en democracia es posible que un grupo político defienda y plantee
la conveniencia de reinstaurar la pena de muerte, por ejemplo. Que
hay cauces políticos para que tales pretensiones no cristalicen
en una ley (a través de la discusión política y el debate parlamentario)
y que, si finalmente así lo hiciera, hay posibilidades de reaccionar
jurídicamente en tanto la Constitución española siga disponiendo
lo que dispone (lo que, por otra parte, no ha de ser un contenido
necesariamente eviterno).
La
cuestión, en el fondo, conecta con la misma idea de democracia y
de los límites al debate y la discusión parlamentaria. Enfrentado
a la posibilidad de tener que reconocer al Gobierno estatal la posibilidad
de utilizar una potentísima arma cual sería la capacidad de paralizar
(al menos temporalmente) la misma tramitación y debate de cualquier
iniciativa parlamentaria autonómica de constitucionalidad dudosa,
el Tribunal Constitucional se ha decantado por defender una óptica
de la democracia parlamentaria mucho más liberal y respetuosa tanto
con los principios que inspiran todo nuestro texto constitucional
como con las mismas ideas que subyacen a la declaración de cualquier
Estado como social y democrático de Derecho.
El
resumen y recopìlación de información sobre
estas cuestiones está tomado de la web
del Grupo de Análisis Crítico "Democracia y Poder",
donde se encuentran, además, algunos artículos y documentos
adicionales relacionados con esta cuestión. Asimismo, el
weblog
de Democracia y Poder ha reproducido estos contenidos con la
pretensión de que sea posible hacer comentarios a los mismos.
ABP
(València)
|