|
El
enfant terrible del cine español Alejandro Amenábar entró
en esto del cine de auténtico rebote: cuando el padre de su entonces
novia (quien te ha visto y quien te ve) le enseñó a su amigo
José Luis Cuerda un corto realizado en vídeo por el entonces
estudiante de Imagen, para que viera si la chavalilla tenía dotes artísticas.
El resultado es por todos conocido, la hija de su amigo sigue siendo una actriz
anónima, pero Cuerda se fijó en el director (en el aspecto artístico,
se entiende) y le ofreció la posibilidad de hacer un largometraje.
Así surgió Tesis que ganó en Goya a la mejor película
en un año en que la remesa del tan sobrevalorado cine español
no fue demasiado brillante. Y así fue como el joven estudiante (que
ni siquiera se ha licenciado) se convirtió en una sensación
en el panorama cinematográfico patrio. Su segunda película tuvo
una enorme expectación y fue ampliamente publicitada, por lo que no
es de extrañar que la acogida de público fuera más que
considerable. Eso sí, una vez más el éxito de público
no se corresponde con una calidad pareja de la cinta. Amenábar tiene
una extraña habilidad que en los últimos años se ha puesto
muy de moda —con el señor Tarantino como principal representante internacional—,
el joven director hispano-chileno se dedica a tomar prestado de algunos clásicos
de la literatura y el cine buena parte de sus logros, mezclándolo todo
de tal manera que resulte un producto relativamente nuevo y original. Esto
le puede parecer por lo menos al espectador no demasiado conocedor de los
caminos por los que se guía el director, si lo pensamos un poco, la
historia que se nos cuenta en Abre los ojos ¿No es acaso enormemente
similar en su estructura a la de Desafío Total? Lo de los mundos
paralelos y virtuales está demasiado en voga últimamente como
lo demuestra otro filme que se ha vendido como el no va más de la originalidad,
cuando le pasa otro tanto de lo mismo: The Matrix.
Pero
más allá de las más que evidentes influencias que rebosan
en el filme, lo que resulta realmente irritante en Abre los ojos es
la poca consideración que tiene Amenábar hacia la inteligencia
del espectador. El joven director debió aprender en alguno de los pocos
manuales que leyó durante la carrera lo del golpe de efecto de Hitchcock,
una técnica que el genio del suspense dominaba a la perfección
dosificándola con la mesura que sólo los maestros saben hacer.
Pero el aprendiz de director no se debió aprender muy bien la lección,
o simplemente creyó que se puede ser más papista que el Papa,
y que, para qué dosificar los golpes de efecto durante la película
si estos pueden ser constantes durante todo el metraje. ¡Oh! ¡Qué genialidad!¡El
pimpollo ha redescubierto el cine! De esta manera, en Abre los ojos
el espectador se convierte en un títere más, como el personaje
principal, en manos de un director que se va a dedicar a darle sustitos durante
casi dos horas, y que en cuanto pase algo un poco extraño lo va a solucionar
con el personaje de Noriega despertándose de una terrible pesadilla
y así en innumerables ocasiones, hasta que un espectador medianamente
inteligente que quiere seguir el argumento de una película, siempre
que el director tenga intención de contar algo, llega un momento en
el que ya prescinde de la trama y espera que la película acabe como
sea, oliéndose ya que el final va a ser de todo-a-cien, como ocurre
en realidad. Amenábar se mete por unos terrenos demasiado ambiciosos
para su intelecto y se ve desbordado por sus propias pretensiones. Al final
no le queda más remedio que acabar la película de una manera
inverosímil que justificando el disparate que ha estado relatando hasta
entonces.
Sólo
un apunte más, Fele Martínez demuestra sus limitaciones como
actor, si bien hacer de comparsa del guaperas Noriega no es demasiado agradecido.
Pero es que pasar del macarrilla de Tesis al pijo con pelo de pavita
de esta película es un flaco favor que le hizo su amigo y descubridor
Amenábar. |