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La ventaja de tener un bloc es que uno escribe lo que quiere, por mucho que sea imprescindible tratar de guardar cierta coherencia temática (en este caso, como es sabido, intento ceñirme a cuestiones relacionadas con el Derecho público). Sin embargo, sin necesidad de traicionar la identidad del espacio, es posible contar de vez en cuando batallitas. Así que voy a permitirme relatar muy brevemente una experiencia muy personal que me deja con muchas dudas respecto a cómo afrontamos la discusión, incluso los que más abiertos nos decimos a ella. Que a lo mejor no tiene de forma inmediata que ver con el Derecho público pero sí con cómo nos montamos el debate en sociedad y qué pautas éticas están en juego.
El pasado viernes organizaban unos profesores de Ciencias Políticas de mi facultad un coloquio sobre Hannah Arendt (pongo el enlace a la versión alemana de la wikipedia, que es con mucho la más rica en esta entrada, aunque es fácil cambiar a otros lenguajes con el menú que aparece en la página a la izquierda). Invitaron a Victoria Camps y a Adela Cortina. Como nunca había tenido ocasión de escuchar ni a una ni a otra (tampoco he leído nada demasiado denso que hayan escrito aunque alguna vez he estado tentado con los trabajos más tradicionales de Adela Cortina, como el que tiene sobre Apel) y el tema además está de moda, con eso del centenario de la discípula de Heidegger (además, desde que en unos comentarios a una entrada de este bloc se mencionó que frente al batiburrillo habermasiano sobre el espacio público y la participación política los trabajos de Arendt presentan un vigoroso interés el asunto me tiene atento), pues me planté allí.
La conferencia estaba destinada a estudiantes, por lo que no me pareció mal que la intervención de Victoria Camps fuera eminentemente descriptiva de algunas parcelas del pensamiento de Arendt y un tanto superficial. Se centró además, esencialmente, en las cuestiones más vistosas en términos de morbo (que si la cuestión del radikal Böse, que si sus relaciones con Heidegger y la convivencia con los nazis…) y centró toda la atención en la cuestión del comportamiento ético, desde un punto de vista exigente. Dado que iba dirigido a un público no experto, puedo entender a la perfección la forma en que orientó la charla y la verdad es que tuvo sus puntos de interés. A continuación Adela Cortina realizó una intervención mucho más técnica, más respetuosa en este sentido con la inteligencia del auditorio (o, podría decirse si se mira desde otro punto de vista, menos consciente de cuáles eran las expectativas y posibilidades reales de los asistentes). A mí, claro, me interesó más y me pareció menos tramposa, pero soy consciente de que probablemente la que mejor respondió a lo que se le pedía era Victoria Camps (a quien me temo que benefició que su conocimiento del pensamiento de Arendt es bastante más superficial).
Lo que sí me llamó la atención fue que los estudiantes captaron bien un problema de la exposición de Camps. Y es que, más que analizar con cuidado los matices de la cuestión moral en Arendt, se envolvió en la bandera de la exigencia moral y del reproche al alemán que colabora con el nazismo, al hilo de la clásica discusión en torno a la figura de Eichmannn. La reflexión sobre las atrocidades del nazismo presenta siempre el mismo problema cuando uno adopta esa actitud. Y es que decir que Birkenau fue atrocidad injustificable y que quienes colaboraron con ellos fueron muy malos es demasiado sencillo. La magnitud del horror hace que avancemos poco sobre cuestiones que afecten de verdad al timbre ético del ser humano si nos limitamos a la retórica al uso. Una estudiante (y luego alguno más) preguntó por ello a Camps sobre la opinión que le merecía el alemán medio que colaboraba con el nazismo, en vez de exponer su vida, con la esperanza de minimizar en algo la dureza del trato a los otros o, sencillamente, para salvar el propio pellejo pero sin tratar de beneficiarse de la situación y aspirando a poder cambiarla. Pero ella se cerró en banda, fácilmente instalada en el discurso de que la magnitud del horror era tal que la no oposición al mismo, jugándose la vida si era preciso, era la única opción digna.
No tengo claro si esta visión de la situación es correcta desde un punto de vista ético. Sí creo que, como respuesta a la pregunta que le realizaron, es muy chunga. Porque adopta la pose de superioridad moral, situando a quien le pregunta (de forma muy razonada y sensata) en el bando de los monstruos por el mero hecho de tratar de comprender. Y, si para algo estamos aquí, es para tratar de comprender. En vista de lo cual, como la cabra tira al monte, acabé retomando la cuestión, intentando llevarla a un terreno donde, por comparación, rebajando el grado de horror, Camps se viera obligada a entrar a tratar el asunto. Y le pregunté si, trasladados a otro contexto menos brutal (caso de que la clave ética en punto a la absoluta inaceptabilidad de los asesinatos y de cualquier colaboración con un régimen que los comete resida en el umbral de terror alcanzado), podíamos reflexionar sobre esa misma cuestión. A saber, si la dictadura del general Franco, todos los que colaboraron con ella, todos los que no se opusieron a sus crímenes de Estado (entregando la vida, llegado el caso), merecían entonces el mismo reproche que ella extendía a cualquier alemán de la época, sin tener en cuenta las razones que le había dado la alumna que había preguntado. Si, según su criterio, todos los españoles de la época, empezando por ella misma, que además habían participado activamente en la transformación «desde dentro de la legalidad franquista» de esas instituciones, podían entonces equipararse a Eichmann como ella equiparaba a los alemanes que no habían luchado contra el nazismo.
La respuesta de Camps es éticamente muy interesante, porque también en este caso rehúye afrontar la cuestión y reinicia, ampliada, la misma actitud de defensa, envuelta en presuntas banderas morales, a las que añade ahora el recurso de la victimización: «No tiene nada que ver pero es que, además… ¡me has comparado con Eichmann!». A mí este recurso me generó una gran desazón porque demostró que no entendía ni quería entender nada de lo que se le planteaba y que, lo que es peor, infirmaba con su pose lo que a lo largo del acto había querido transmitir (la necesidad de discutir racionalmente, de cuestionar incluso los dogmas más habituales, la importancia de la rebeldía cívica) al situarse en la pose de alguien atacado cuando en realidad lo único que está haciendo es pretender transmitir a los demás cómo de buena persona y de ajena a mezquinas pulsiones humanas es y, a pesar de eso (¡o por eso!), lo que recibe son despiadados ataques.
El recurso es, sin embargo, interesante. Por los efectos profundamente nocivos que genera en el público, dado que en primera instancia suele ser muy eficaz entre la audiencia menos reflexiva. Es algo que, por ejemplo, muchos discutidores oficiales de Crónicas Marcianas sabían muy bien y hacían con mucha gracia para obtener un aplauso y simpatía fáciles: «uyyy, lo que me ha dicho, pero qué malo eres, es que eres muy malo, con eso demuestras tu chunga calaña, atacándome a mí, que soy una persona indefensa y nada dispuesta a entrar en eso» (sobre todo, claro, cuando no te conviene). Es algo que una vez le vi hacer a Emilio Lledó cuando le preguntaron tras una conferencia, de modo bastante crítico, sobre algunas de las cosas que había dicho y que a juicio de quien preguntaba no tenían demasiado sentido. En vez de responder, se situó en el plano moral de quien nada ha de demostrar por ser en sí mismo superior y se limitó a incidir en cómo era víctima de un ataque que él, «pobre viejecito ignorante», no podía contraatacar. En vez de intentar afrontar el debate sobre las dudas planteadas (aunque lo hubieran sido de modo crítico). El caso es que la conferencia acabó siendo más interesante por este ejemplo práctico de «ética en acción» que por el contenido de lo dicho por Lledó. Y es que esta salida es muy insatisfactoria para quien cree en la confrontación de ideas, porque el interlocutor simplemente la rehúye situándose en un plano inatacable. Pero además, cuando la cuestión versa precisamente sobre las bondades del debate abierto y de la discusión, plantea importantes interrogantes morales que a una persona dedicada, como Victoria Camps, a la ética, no se le deberían escapar.
Adicionalmente, al igual que ocurre con Crónicas Marcianas, discursos como los de Victoria Camps suelen tener un efecto (la situación que presencié con Lledó también la produjo) que aquí apenas tardó cinco minutos en aparecer: que irrumpe en liza el «espontáneo» de turno para, llevado por la bandera de la ética y la victimización, situarse a su vez en un plano moral todavía más elevado que el presunto agredido (un estadio que éste, eso sí,sabiamente, no ha cometido la torpeza de tratar de ocupar). En esta ocasión, una profesora de Ciencias políticas que se sintió en la necesidad de afearme la conducta y pedir perdón en mi nombre por mis «formas, lenguaje poco académico y lo que es peor, las agresivas y terribles acusaciones» que al parecer habían vertebrado mi intervención.
Como me he hecho mayor y mi vocación por educar a ciertos personajes es cada día menor no entendí oportuno comentar nada más. No valía la pena, pienso sinceramente, explicar nada. Aquellos que habían entendido ya lo habían hecho. Aquellos que no, obviamente, jalearon el discurso de la defensora de los buenos modos y los modales universitarios. Y luego, los que no sólo no entendieron nada sino que tienen graves problemas de comprensión de cuestiones éticas de fondo, probablemente se sintieron defraudados al ver cómo esta profesora se les adelantaba y les privaba de cumplir a ellos, en primera persona, con el papel de justicieros dignos de mejor causa.
Lo que me queda tras unos días como poso de todo el asunto son muchas dudas. ¿Hasta qué punto hay que esforzarse en explicar estas cosas? ¿Hay que hacerlo en ese momento? ¿Es mejor dejar libertad para que cada cual se haga su composición de lugar y demuestre su madurez con ello? ¿O conviene guiar, de alguna forma, este proceso? El hecho de no hacerlo, ¿ayuda a crecer éticamente o sólo reafirma la seguridad en sus aberrantes convicciones de los que se estiman no contradichos y seguros de su verdad? ¿Cómo es posible que gente tan formada y tan presuntamente inteligente no perciba la contradicción íntima entre montar un acto y una discusión y entender inaceptable que alguien mantenga opiniones diferentes a las suyas, prescindiendo de todo debate que no sea reafirmación colectiva? Y, por último, ¿de veras creyeron eso, demostrando no entender nada, o efectivamente reaccionaron así para escaparse de la discusión, ya fuera como táctica consciente o inconsciente?
18 comentarios en Batallitas de fin de semana: ética de la discusión
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Aunque se que no le hace ni puñetera falta le voy a dar mi siempre pragmática opinión. Si la profesora que pidió disculpas en su nombre estaba buena hizo bien (sí, es broma). En caso contrario debería haber hecho una miniréplica justificándose un poco pero dejándole la escapatoria clara para que ella pudiera quedar bien. Porque si se calla parece darle la razón. Al menos eso es lo que yo he aprendido viendo mesas redondas. No hay que tener más escrúpulos que los imprescindibles con este tipo de gente.
Por cierto, que no estoy comparando a los contertulios de lpd con los que usted describe. Pero yo he tenido que hacer bastantes comentarios dejando claro que no soy nazi por hablar bien de un aspecto del nazismo en el hilo del superespañol. Y este artículo me ha llegado al alma.
Comentario escrito por Otto von Bismarck — 11 de mayo de 2007 a las 4:02 pm
El discurso en términos absolutos de «los buenos» y «los malos» es tramposo e intelectualmente muy deficitario. Pero es sencillo y popular, de modo que quienes lo sostienen son conscientes de que parten de una situación muy ventajosa: tienen a las masas de su parte. Lo complicado es el discurso matizado, pero el discurso matizado es el auténtico discurso. Es el discurso real, dado que rara vez – si es que alguna vez ocurre – la realidad es sólo blanca o sólo negra.
Dos ejemplos completamente diferentes, dado que el tipo de problemas humanos que plantean también lo son. Desde un punto de vista más mundano, de cada día, Elvira Lindo se quejaba en una columna hace tiempo de la autocensura existente en las fuerzas de centro-izquierda: no había/hay manera de criticar, siquiera constructivamente, la labor del Gobierno, no vaya a dar la impresión de que vas «con los otros». Por lo tanto, no hay matices. O sí o no. No hay críticas, no hay posibilidad de enmienda, porque todo es correcto.
Desde otro de vista, entroncando precisamente con la Alemania nazi, en los últimos años están surgiendo trabajos en Alemania (algo impensable hace tiempo) que cuestionan algunos puntos de las tesis oficialistas sobre el nazismo y sobre la Segunda Guerra Mundial. No son tesis revisionistas, no se niega el Holocausto, ni mucho menos. En concreto estoy pensando en un libro, «Der Brandt» (algo así como «el incendio»), de un autor que se llama Jörg Friedrich (el libro está traducido al inglés: «The Fire»). En este libro, muy polémico y que ha dado origen a una película que se llama «Dresden», se critica el ataque de EEUU a Dresden, en un momento en el que la guerra parece que estaba completamente ganada. El ataque, además, como sabéis, se realizó con especial saña, dado que Dresden fue destruída casi al 100%.
El caso es que tuve oportunidad de asistir a la presentación del libro en EEUU y al autor le acusaron de no aportar un punto de vista «moral» con su trabajo. En la medida en que se permitía criticar la actitud del ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial, básicamente le acusaban de simpatizar con el nazismo y todas sus «políticas». El insistía en que solamente quería describir una situación (su libro lo que hace es describir, precisamente, la destrucción completa, la matanza de una cifra astronómica de personal civil, de familias enteras…) y que no necesitaba adoptar un punto de vista moral. Indudablemente lo había. El punto de vista moral – o ético, si preferimos este término – era la denuncia del comportamiento estadounidense en el conflicto bélico. O en LOS conflictos bélicos. La guerra contra el terror nazi o la guerra contra otros terrores no son guerras sin matices. No todo es blanco o negro. Y precisamente en los matices se encuentran las sabias decisiones. Porque los términos absolutos, como «eje del mal», como «armas de destrucción masiva», como la misma «democracia» impuesta por la fuerza y sin precisar su contenido… son peligrosos.
Por eso los matices son tan importantes, pero dada su sutilidad y la aversión que hacia los mismos tienen determinados políticos, y otros sujetos de la esfera pública, es complicado que calen en un discurso generalista.
Ánimo, Andrés. Por mi parte cuentas con todo el apoyo.
Comentario escrito por Susana — 11 de mayo de 2007 a las 4:57 pm
Yo asistí al seminario y a mí tu intervención me gustó. Sinceramente, me pareció muy adecuada, máxime teniendo en cuenta que se habló de que pensar es cuestionarse lo políticamente correcto. A quien no gustó tu intervención quizá fuera precisamente porque se salía un poco de lo políticamente correcto. En cualquier caso, la supuesta «acusación» que lanzaste se suavizó mucho con tus siguientes preguntas, en el mismo tono, pero sobre otras cuestiones. Por esto, principalmente, me resultó exageradísima la reacción de algunas personas por tu pregunta, así como el mero hecho de que se pudieran sentir tan ofendidas.
Y, además, lograste lo que ni las ponentes ni los organizadores consiguieron: que los críos de mi clase se callaran por unos momentos.
Por otra parte, en estos casos, con un público más variopinto de lo que a priori pudiera parecer, no creo que esté demás guiar un poco. Para unos será una ayuda redudante, para otros una ayuda útil. El problema es si interesa realmente llegar a todos los públicos…
Saludos.
Comentario escrito por NK — 11 de mayo de 2007 a las 7:24 pm
Estoy encantado por la posibilidad que me presta este sitio para participar, de forma silenciosa, en las fantásticas disertaciones del blogger.
Pero a raiz del tema y de los comentarios realizados, me abruma una duda que por extensión quiero aplicar, por analogia, a toda asistencia o comparecencia no obligada a una conferencia (la que sea que no te ofrezcan créditos a cambio).
¿puedo hacerse?, ¿es el blog para todos los públicos?, o verdaderamente es exclusivo para los denominados; no variopintos.
Por otro lado quisiera ayudar a justificar como el miedo y la impotencia (que no la ética y la convición pólitica) consiguen que la mayoria conviva, permita y colabore con los regimenes opresores. En mi pueblo siempre han dicho que los cementerios estan llenos de héroes anónimos.
Y que conste que no quiero justificar nada, pero gracias a aquellos que optaron por callar, trabajar y dejar hacer permitieron (biológicament) que la mayoria de nosotros estemos hoy aqui, discutiendo sobre sexo de los ángeles.
Salutacions,
Comentario escrito por jmgif — 12 de mayo de 2007 a las 4:45 pm
Yo diría que es la muy cómoda postura del «intolerante con la intolerancia», en sí estimable si no deriva, como suele ocurrir a menudo, en considerar que él, o ella, es el máximo reducto de la tolerancia y, por lo tanto, todo lo que se salga de ahí corresponde a la categoría contraria y como tal hay que tratarla. Las condiciones en las que pueda darse un debate público en consecuencia son por demás previsibles, por su pobreza, convirtiéndose casi siempre en un aburridísimo rosario de slogans bienpensantes vacíos de contenido.
Sobre «El incendio» hay una reseña en LPD: http://www.lapaginadefinitiva.com/dblibros/90
A mí el libro me gustó bastante y lo leí en los términos en los que lo hace el autor, totalmente ajenos a cualquier revisionismo, a menos que se entienda por tal hablar también de los desaguisados de «los buenos» (en este caso, los Aliados). Por cierto, en cuanto a la trayectoria previa de Friedrich hay que decir que se trata de un investigador especializado precisamente en el Holocausto (y no, claro, en el campo del revisionismo respecto a aquél), con lo que, como bien dice Susana, podemos incluir a Friedrich en el ámbito de los represaliados por el peculiar estilo «Victoria Camps» de afrontar un debate de ideas.
Un cordial saludo
Comentario escrito por Guillermo López — 12 de mayo de 2007 a las 7:09 pm
yo no tengo esperanzas; puedes pasarte horas argumentando por qué una realidad no es ni blanca ni negra, y al final alguien te saldrá con que no te mojas, o con las medias tintas, y con una frase hecha y hueca ahogarán todo lo que hayas podido decir. Se han mencionado al respecto varios temas. Se puede añadir el tratamiento de los medios de comunicación a cualquier asunto político (véase tertulias radiofónicas, participación de oyentes,… tendríamos para días).
¿Cómo cuestionar la verdad oficial de los «buenos» sin que te conviertan en uno de los «malos»?
Tal vez ocurra que la ética es al mismo tiempo una utopía y una excusa (para pisotear al que se opone cuando no hay mejor argumento)…
Comentario escrito por l.g. — 12 de mayo de 2007 a las 10:20 pm
Aprovecho que no hablas de derecho publico para participar… Como lo que a mí me gusta son los derechos humanos, desde siempre me ha intrigado la cuestión que subyace a tu desazón, y que planteas unida a otra no menos interesante: la incapacidad para debatir e ir más allá de muchos de nuestros académicos.
Respecto a lo primero, se trata de una cuestión muy interesante: cómo el ciudadano de a pie ha convivido en muchas ocasiones con la barbarie sin intervenir. Oí a una vez en una conferencia a una chica chilena que fue detenida durante la dictadura simplemente por ser delegada de su clase en la universidad, por el «peligro» que suponía, y que arremetía contra sus vecinos por permitirlo. Aunque comprendo su indignación, ganada a pulso durante meses de vejaciones, también comparto la cobardía de quienes, puerta con puerta, volvieron la cara al conocer su caso y el de muchos otros más. Es muy fácil criticar esta actitud sin cuestionarse la reacción de uno mismo ante una situación que nos desborda y que pone en peligro nuestra vida, en un contexto de abusos ante el que resulta imposible defenderse y uno se sabe perdedor. Si uno no reflexiona sobre esto, se situa en el blanco frente al negro, por supuesto, más fácil, más cómodo y más acorde con su carácter de académico por encima del bien y del mal… Dime la verdad, Andrés ¿realmente esperabas una respuesta diferente?
Comentario escrito por Crgr — 13 de mayo de 2007 a las 4:47 pm
Yo he conocido «de cerca» al esposo de Victoria Camps, Francisco Rico. Era (y supongo que seguirá siendo) el más acabado ejemplo de cacique universitario prepotente y convencido de que él estaba por encima de las normas («aquí no se puede fumar, ¿verdad?», recuerdo que dijo al principio de una conferencia, al mismo tiempo que encendía con ademanes chulescos un cigarrillo). Sus chanchulleos con García de la Concha eran legendarios (quienes estábamos al tanto, podíamos predecir con meses, e incluso con años de antelación, quién iba a ocupar la siguiente cátedra vacante de literatura, o el próximo sillón en la Real Academia). No he conocido de cerca a Victoria Camps, pero algún profesor universitario que conozco de Filosofía me ha asegurado que representa en el área de ética el mismo papel de gran cacique (¿deberíamos crear el término «caciquesa»?) que su marido representa en el área de literatura. Todos recordamos, en fin, cómo no tuvo ningún tipo de reparo en aceptar una plaza de Senadora por el PSOE en aquellos gloriosos tiempos de Roldán, los GAL, etc. Es la persona más adecuada, en fin, para ponerse «estupenda» y exigirle al prójimo que no haga la más mínima concesión acomodaticia en cuestiones de ética.
Comentario escrito por Fabio — 13 de mayo de 2007 a las 10:58 pm
Sin entrar a discutir sobre el fondo del asunto que propusiste a Victoria Camps, creo que es interesante la cuestión que planteas de la “táctica inconsciente” de defensa ante una supuesta agresión exterior. Según esto, cuando la posición del ofendido ante el público es central, es decir, cuando él es el que emite el mensaje y lo hace además desde una posición relajada y satisfecha de superioridad y en un ambiente, en teoría, aquiescente, el mecanismo de defensa podría saltar inconscientemente ante cualquier comentario que, saliéndose del guión imaginario propuesto, pudiese descolocar o alterar la buena, y unidireccional, marcha de su discurso mermando la satisfacción de su relajada situación de poder. Sin embargo en el caso que apuntas, la situación es más compleja, porque, de algún modo, sí media una cierta agresión o provocación por tu parte, es decir, pretendes que reflexione sobre su posición anterior estableciendo un paralelismo entre lo que ella critica ferozmente (el colaboracionismo y la no resistencia activa) y su propia implicación (y la de su entorno social inmediato) en el sistema dictatorial franquista aunque fuera para trabajar desde dentro en su transformación. Has de reconocer que como estrategia dialéctica para conseguir de tu oponente rectificación o comprensión es nefasta. No es que se ponga en marcha ningún mecanismo inconsciente de defensa, es que las uñas salen de sus fundas de modo automático y seguro que se le erizaron hasta los pelos del pubis. Nada de esto te quita la razón ni se la da a quienes salieron prontamente en su defensa, pero yo creo que no era el mejor modo de hacer razonar a esa buena señora. A lo mejor tampoco era lo que pretendías, igual se trataba de dejarla en evidencia; en ese caso sí utilizaste el camino más apropiado.
Comentario escrito por guimusa — 14 de mayo de 2007 a las 12:22 pm
Muchas gracias a NK (que no sé quién es) por dar su visión «desde fuera» del episodio. La verdad es que si algo está claro es que mi versión es la menos indicada para tratar de extraer la visión menos sesgada del mismo. Estaría bien, si algún lector más lo presenció, saber qué piensa.
Hay una cosa en lo que comentan NK y otra que apunta guimusa que me llama la atención. Y es que, aparentemente, hubo quien vivió mi intervención como una «provocación» o, como apunta guimusa al señalar las posibles opciones, como la voluntad de dejar en evidencia a la ponente. Sin embargo, a mi modo de ver, de lo que dije y cómo lo dije tendría que haber quedado más o menos claro que no había tal. Incluso sin necesidad de haber hecho otras preguntas. Porque creo que, en sí mismas consideradas, las observaciones sobre la eticidad de la no resistencia heroica no pueden tenerse por agresivas.
Yo traté, sin mucho éxito, de que se notara por mi tono de voz y por la reflexión que hice, al invocar el ejemplo más cercano a todos del franquismo y de cómo muchos, la inmensa mayoría, de los españoles colaboraron activa o pasivamente con él y con su reforma nada «justiciera», de que sólo pretendía forzar a Camps a lo que no había querido responder cuando le preguntaban los estudiantes respecto del ejemplo alemán: el juicio que merece el comportamiento que suele ser el más normal en esos casos. El que, según dice la tradición respecto de nuestra transición, la ha convertido en un modelo ta exigente. Con ello sólo pretendía, «acercando» el tema y poniendo de manifiesto la contradicción entre defender para los alemanes lo opuesto que todos predicamos habitualmente para los españoles, obligar a la ponente a arremangarse y ponerse a ello.
Quiero decir con ello que la apelación directa a su experiencia como actora más o menos significada de la cultura política dominante en España no pretendía ser agresiva. Incluso traté de emplear un lenguaje nada preñado de pretensiones de trascendencia para que se entendiera. Inicialmente me dio la sensación de que, en general, todo el mundo captaba de qué iba el juego. Era una cosa distendida y como tal se lo tomó el auditorio, incluyendo a las ponentes. Pero luego Camps cerró de nuevo en falso el asunto, más creo que como recurso dialéctico para escapar de la cuestión con el «¡es que me has comparado con tal o cual!» que como verdadera expresión de enfado o sintiéndose atacada. Y por esa veta se metió entonces, a continuación, la profesora de políticas (a la que no conozco) para montar su reivindicación ética.
A Victoria Camps no la conozco en su vida y comportamiento diario. De todas formas, menos en el caso de Immanuel Kant, conozco pocos casos de personas éticamente exigentes que sean capaces de cumplir con la totalidad de su prédica, siempre y en todo momento. Es obvio que cuando la incompatibilidad entre lo que uno proclama y lo que hace es radical algo falla. Pero también que todos tenemos nuestras miserias cotidianas. Lo curioso de este caso es que la negación del diálogo y del debate se incoa éticamente de forma aneja a un discurso que pretender ser todo lo contrario.
Hay un par de intervenciones que creo no haber entendido del todo bien: por supuesto, este espacio está abierto a comentar este y cualquier tema con total libertad. Siempre y cuando nos ciñamos al tema, no se cometan ilícitos (amenazas, insultos, esas cosas), etc. Y sí pretendo que sea «para todos los públicos». Es más, es una de las aspiraciones de todo este tinglado: analizar desde un prisama propio de alguien que se dedica a lo que yo toda una serie de cuestiones y comentar para legos en Derecho algunos aspectos de cuestiones jurídicas que juzgo socialmente de interés.
El debate de fondo sobre la eticidad de la conducta del alemán medio, que colabora más pasiva que activamente y no lucha contra el régimen o, más bien, sobre la exigencia moral respecto del enfrentamiento individual con las instituciones totalitarias, es apasionante y desborda lo que yo quería plantear en este contexto. Como indicaba en el texto, quería centrar el debate en otra cuestión: «No tengo claro si esta visión de la situación es correcta desde un punto de vista ético. Sí creo que, como respuesta a la pregunta que le realizaron, es muy chunga». Pero podemos entrar en ese asunto. Yo ya afirmo desde ya que, sencillamente, no lo tengo claro. Pero que también en este asunto querría de los demás que se comportaran de un modo muy exigente si soy yo el que tiene apuros y que espero, si se diere el caso, hacer yo lo propio. Con todo, me temo, sí que es una cuestión de umbrales. Aunque, como es obvio, de pensar más o menos así a sentir que uno tiene capacidad para reprochar a alguien el comportarse de otro modo… va un mundo.
Por último, y sobre “Der Brandt”, en plan anecdotario, yo andaba por Múnich cuando se publicó en alemán y el debate en los consabidos Feuilletones de la prensa alemana fue enorme. Porque son los propios alemanes los primeros y más exigentes custodios de las esencias y contención respecto de la discusión en torno a la II Guerra Mundial y el nazismo.
Me decepcionó del estudio que no aparecían por ninguna parte los bombardeos que, junto a artefactos incendiarios, habían compuesto mi constructo personal sobre el chungo comportamiento aliado en esos momentos de la guerra: la expansión desde el aire del escarabajo de la patata para condenar al hambre a miles de alemanes (historia que en mi juventud anti-imerialista tenía mucho mercado y que ahora, en cambio, no aparecer por ninguna parte; y es que los tiempos han cambiado, probablemente los «intelectuales» de Libertad Digital argumentarán sin cortarse lo más mínimo que todas esas muertes estuvieron bien pues, a fin de cuentas, todos esos alemanes masacrados en Dresde y demás se salvaron de una suerte peor a manos de las hordas sociéticas).
Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 14 de mayo de 2007 a las 6:36 pm
“Inicialmente me dio la sensación de que, en general, todo el mundo captaba de qué iba el juego. Era una cosa distendida y como tal se lo tomó el auditorio, incluyendo a las ponentes”.
Ya que yo estaba, insisto… No creo que fuera yo la única, ni muchísimo menos, que sí entendiera de qué ibas, pero te aseguro, por los aplausos, por las caras y por lo que se comentaba al acabar, que la impresión generalizada se acercaba más a la idea de “provocación”. Quizá fueron las formas, la impresión de que la situación se salía de lo correctísimo, de lo esperado, a saber, las preguntitas de rigor, normalitas… De todas formas, sin ninguna duda, Camps seguro que te entendió perfectamente, pero prefirió ir a lo más fácil y pasar de contestarte como requerías y liquidar el tema cuanto antes.
La cuestión ética que planteabas es muy interesante y extrapolable a muchas otras situaciones, yo pensé entonces en los chavales que optan por la objeción de conciencia en lo que llaman Estado de Israel, en un amigo que acaba de aceptar un trabajo en Libertad Digital TV, etc. Yo no lo haría, pero allá cada cual con su situación. Creo que la postura de Camps sólo se puede mantener en abstracto, sin tener en cuenta circunstancias de ninguna clase, lo cual no tiene ni pies ni cabeza. Sería loable, pregunto, la actitud del alemán, p.e., pongámonos dramáticos, viudo y padre de tres hijos, que ante la imposibilidad de huir prefiere suicidarse antes que colaborar con el régimen nazi? Pues no sé yo… En la novelita “Der Vorleser” de Bernhard Schlink (ignoro el título en castellano) también sucedía algo así, desde dentro se podía al menos suavizar la tremenda dureza del sistema.
Comentario escrito por NK — 15 de mayo de 2007 a las 12:12 pm
Gracias de nuevo por comentar tu punto de vista. La reacción del auditorio supongo que sería muy diversa y que, tras la forma en que respondió Camps y sobre todo al haberse producido la «exhibición» de la profesora recriminadora (y mi falta de interés por matizar nada de lo que ella dijo), eso generaría un efecto nada sorprendente: asentamiento de la convicción de quienes lo vivieron como una provocación (otros así lo sintieron y además lo dijeron para afear tal conducta ¡y encima el provocador ni se defendió ni se explicó ni nada!; paralela incoación de la duda en quienes no habían sentido provocadora (en un mal sentido) mi intervención (si otros creen que fue ofensivo, lo dicen y el tipo ni siquiera se explica ni nada, será que soy yo el que me he equivocado en mi interpretación). Éste es el motivo de que yo explicara al principio que el episodio me había dejado dudas sobre cuál es el comportamiento mejor en tal caso: dejar que la gente se haga una idea por sí misma, sin pretensiones de «venderles» una verdad más de la cuenta, a pesar de que con ello puedan aprovecharse los que sí actúan como vendedores de crecepelo o, por el contrario, «ayudar» a la comprensión de mi postura y de su íntima eticidad con una explicación-reivindicación o como se quiera llamar (para equilibrar la impresentable intervención de la otra profesora).
Me interesa mucho que compartas, por lo demás, mi impresión respecto a que sí hay pocas dudas en cuanto a que Camps entendió de qué iba el asunto. Así como el resto de ponente. Eso dota a su respuesta, al hecho de que la orientara como la orientó, de una significación ética mucho mayor que el que hubiera sido mero descuido, mera incomprensión.
«Der Vorleser» creo que está traducida al español como «El lector» (un amigo mío escuchó cómo se la recomendaba a otro como un texto cojonudo para iniciarse en la lectura en alemán, dado que además el librito es muy bueno, y a partir de ese momento le entró la obsesión compulsiva de regalarla por ahí pero en castellano, por lo que salvo si mi memoria me juega una mala pasada puedo asegurarlo con bastante confianza). Claro que, a lo mejor, a mí me gusta mucho como novelita justamente porque parte de la base de que no hay una respuesta ni mucho menos evidente a la cuestión que comentamos. Sobre todo, a mi juicio, no tanto respecto a la existencia de una quiebra de la pauta moral exigible a una persona en tanto que tal como en lo que se refiere a la exigibilidad y, por ello, intensidad o misma existencia del reproche que, en concreto, merece una persona por ello.
A mi entender está claro que la pauta moral en cuestión es criticable y ha de ser evitada. En abstracto. Como imperativo de conducta general. Ahora bien, en concreto, respecto del comportamiento chungo de alguien por hacer eso que tan claro vemos que es infame, ¿hasta qué punto le era exigible no hacerlo?, ¿hasta qué punto le es reprochable haber sido débil, dadas las circunstancias?
La película «La vida de los otros» es excelente a mi juicio porque el personaje que delata al protagonista no es tanto una mala persona como una persona débil, cobarde… Probablemente sus circunstancias sí permiten cierta exigibilidad de una mayor fortaleza, pero tampoco está del todo claro. La condena ética de este tipo de comportamientos, cuando no atiende a ningún tipo de circunstancias modulatorias de la exigibilidad y consiguiente culpabilidad / posibilidad de reproche, la verdad es que, a mi juicio, pierde mucha fuerza. Lo que convierte a esa posición de condena, aparentemente muy «moralmente fuerte» en algo bastante flojucho e inútil.
Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 15 de mayo de 2007 a las 2:49 pm
La critica en este pais por parte del pensamiento de izquierdas se suele hacer partiendo de una «superioridad moral». Esa superioridad permite criticar al contrario como alguien que defiende intereses espureos asumiendo el crítico el papel de referente moral.
Asi en esta discusion se puede ver como se achaca el bombardeo de Dresde a los EEUU (fundamentalmente fueron aviones ingleses y el teorico de esos bombardeos fue Sir Arthur Harris) pero ya se sabe que los EEUU son los culpables de todos los males del mundo.
De otro lado esa posicion llega al climax cuando se considera un problema etico el trabajar en libertaddigital tv. Me recuerda un cartel de la guerra civil que decia «Las derechas son la negacion de la cultura y la libertad» Esta visto que en este pais lqa autocomplacencia de ciertos sectores clama al cielo.
Comentario escrito por Macanaz — 15 de mayo de 2007 a las 3:52 pm
Me temo que la posición de superioridad moral que denuncias, Macanaz, puede atribuirse a cualquier ideología y no necesariamente sólo a la izquierda. Sobran los ejemplos, pero cuarenta años de superioridad moral nacionalcatolicista me parece que son bastante ilustrativos (¿o acaso no se puede aplicar aquí la definición que tú mismo aportas: «Esa superioridad permite criticar al contrario como alguien que defiende intereses espureos asumiendo el crítico el papel de referente moral»?).
Y creo que esa pretendida superioridad moral, en dosis moderadas, se encuentra siempre presente y quizás – no lo sé – es inherente al ser humano en tanto que individuo de una sociedad (el individuo tiene un modelo de esa sociedad y lógicamente pensará que es el más adecuado). Pero lo racional es tratar de prescindir de ese punto de vista y tratar de situarse en el lugar «del otro» sin prejuzgarle. Me parece que la mayor parte de las intervenciones en este post van por ahí, al margen de la particular ideología de cada uno. Y que esto sea fácil, evidentemente, es otra cosa.
Comentario escrito por Susana — 15 de mayo de 2007 a las 6:23 pm
Hola Macanaz. Creo, sinceramente, que Susana tiene razón en lo que te comenta y que es un reconocimiento bastante sensato de cómo somos los humanos.
Pero, la verdad, no me siento nada reconocido en la descripción que haces de ese supuesto dogmatismo. Y me considero una persona de izquierdas. Creo que este bloc, por ejemplo, es una demostración del gusto por la discusión, por el debate, porque se contradigan razones varias. Y que en no pocas ocasiones, de hecho, escribo más a partir de dudas que de convicciones. Ocurre, sin embargo, que precisamente por este motivo, me encanta que vengas por aquí. Yo prefiero conservadores o derechistas que razonen, dispuestos a discutir, a hacer un esfuerzo de aproximación a las exposiciones ajenas, que se centren en la discusión de forma respetuosa con la misma a cualquier mamarracho repite-consignas de ideología más afín a la mía.
Respecto a la discusión sobre los bombardeos y el comportamiento de los aliados, parece com caído del cielo esto:
http://www.telegraph.co.uk/arts/main.jhtml?xml=/arts/2007/04/15/bomac14.xml
Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 15 de mayo de 2007 a las 8:36 pm
Estoy de acuerdo con Susana y Andrés. Pero por alusiones matizaré lo obvio: no es un “problema ético trabajar con libertaddigital tv” [si lo prefieres, cambiamos la ideología: trabajar en la SER siendo militante de Democracia Nacional, por ejemplo (?)], pero sí quizá el hecho de tener que aceptar un puesto totalmente opuesto a tus principios, lo que se enlaza con uno de los temas principales de este debate.
Por otra parte, “Der Vorleser”, que efectivamente aquí es “El lector” (Wikipedia rules), lo suelen mandar leer el año de Abitur o antes. A mí también me lo recomendaron como idóneo para iniciarse en la lengua de Goethe. Y es verdad, entra bien, es facilito.
“La vida de los otros” es un peliculón y también toca el mismo tema. Referentes hay muchos y cada uno viene limitado por su contexto, que no se puede obviar.
Comentario escrito por NK — 16 de mayo de 2007 a las 11:41 am
Bien me alegro que sustancialmente la gente este de acuerdo con lo que pretendia ser la idea de mi post y es que no hay posturas que de partida sean mas eticas que otras por el mero hecho de ser de «izquierdas» o de «derechas». Con frecuencia pongo una emisora de radio de un signo y escucho barbaridades, cambio de emisora a la contraria politicamente y acabo igual de cabreado.
Creo que el fenomeno «ciutadans» deberia hacer pensar a mas de un politico de uno u otro signo.
Comentario escrito por Macanaz — 16 de mayo de 2007 a las 10:58 pm
Pensé en Victoria Camps leyendo un artículo del antiguo editor de Grass, en El País de hace dos días: Günter Grass no siempre guardó silencio.
TRIBUNA: KLAUS WAGENBACH
Günter Grass no siempre guardó silencio
Hace unas semanas cayó en mis manos un sobre negro con el título Monografía de Grass. Contenía diez hojas en las que yo había tomado apuntes para una monografía sobre Günter Grass.
Supe de inmediato dónde y cuándo había sido: en el verano de 1963 en una casa de vacaciones de los suegros de Grass, en el Tesino. Entonces éramos muy amigos y, además, yo fui durante algunos años su editor. Aunque en aquel tiempo era ya un autor conocido y traducido a muchos idiomas, no existía todavía ninguna biografía. Así que me concedió varias entrevistas y tomé notas, pero sólo llegamos hasta 1953. El proyecto quedó interrumpido porque poco tiempo después abandoné la editorial y fundé la mía propia.
Leyendo estas notas, me encontré con algo totalmente inesperado: «La mayoría de la clase se alistó en la Marina (también G.), pero acabó en los tanques. G. acabó en un regimiento blindado de las SS. Primero Dresde, luego Checoslovaquia y las landas de Lüneburg. Enero/febrero del 45, orden a la compañía de marchar primero sobre Silesia, luego (Grupo Steiner, SS) el primer ataque sobre Berlín, marzo/abril».
Fue una gran sorpresa para mí.
Hasta ese momento parecía claro que Grass había ocultado haber servido en las SS. Incluso él mismo pensaba que en su autobiografía (Pelando la cebolla) lo relataba por primera vez. El Frankfurter Allgemeine Zeitung utilizó esta confusión para publicar un titular en primera página. Hubiera sido posible aclarar esta confusión con aquellas viejas declaraciones, en las que Grass se había expresado sin tapujos hasta mediados de los años sesenta sobre su participación en las Waffen-SS. Además, las entrevistas que yo le hice iban a hacerse públicas.
Pero a los periodistas (conservadores), no les interesaba todo esto. Preferían denigrar a una mente libre (de izquierdas). Fue una «primicia». Y la prensa internacional la publicó. No sólo hay demasiados reaccionarios en el mundo, sino también demasiados parricidas y demoledores de monumentos.
Pero queda, sin embargo, la pregunta de por qué Grass dejó de hablar de sus tres meses en las Waffen-SS a partir de mediados de los sesenta. Había aparentemente dos motivos:
1. Aproximadamente hasta mediados de los años sesenta, Günter Grass podía confiar en que cualquier alemán, por proximidad temporal o generacional, sabía perfectamente que los nazis habían reclutado a soldados al final de la guerra ante la derrota inminente. A simples soldados. Daba casi lo mismo si se trataba de «auxiliares de artillería antiaérea», de «Volksturm» o de «Waffen-SS». Además, Grass (como mucha gente en Danzig y entre ellos sus compañeros de pupitre) quiso en un principio alistarse en la Marina. Pero ésta había dejado prácticamente de existir en esta época, así que acabó en los tanques, y consiguió sobrevivir por su cuenta.
Después, Grass ya no podía contar con estas ideas asumidas (algunos poemas de Interrogado de 1967 muestran cómo Grass tuvo que aceptar también este hecho). Pero de ninguna manera porque entre los estudiantes aparecieran oradores de duras convicciones, que exigían de sus mayores unas biografías fuera de sospecha que ellos mismos todavía no podían tener. Sino, sobre todo, porque en los dos decenios posteriores al final de la guerra, otros se habían encargado (con éxito) de negar su propio pasado y de enmendarlo. E incluso algunos lograron mediante una decisión judicial (cosa no muy difícil a partir de entonces, puesto que después del 45 ningún juez nazi fue suspendido de funciones) que no se les declarase cómplices sino tan sólo simpatizantes, como ocurrió con el que más tarde fue el presidente de la patronal, Schleyer. Para este fin, éste hizo creer que tenía tres categorías menos de oficial de las SS. Este «alto funcionario» volvía a estar bien colocado.
2. Fue sólo a partir de los años sesenta cuando empezó a difundirse en Alemania la dimensión real del papel criminal de las SS, principalmente a través del proceso de Auschwitz, iniciado de manera significativa por un repatriado: el valeroso fiscal general del Estado de Frankfurt Fritz Bauer. Este proceso dividió Alemania entre ciudadanos que se avergonzaban de ello y otros que lo negaban.
Grass empezó a avergonzarse bastante antes, y yo puedo certificarlo. En sus viajes a Polonia llegó a ver un documento terrible, el llamado Informe Stroop. Se trataba de algo parecido a un álbum de fotos con el título de Ya no hay barrio judío en Varsovia, en el que el general Jürgen Stroop relataba el exterminio del gueto de Varsovia. Este documento se publicó en 1960, a iniciativa de Günter Grass, en su editorial.
Entretanto, han aparecido en todo el mundo imágenes horribles que todos conocemos. Y el caso de un nuevo ataque a Günter Grass en el Spiegel de hace unas semanas ilustrado con una de estas imágenes, como si un airado adolescente de diecisiete años, encargado de cargar los cañones, tuviera algo que ver con el exterminio del gueto de Varsovia, forma parte de la actual y evidente falta de criterio histórico.
El texto mencionado iba sin embargo más allá de la falta de criterio histórico. Era uno de los muchos intentos de socavar la integridad moral de las personas, imputando errores que se han cometido en edad escolar. Así, estos periodistas no desenmascaran a nadie, sino más bien ocultan sus propias biografías, su aburrimiento, su esnobismo y su desconocimiento de la política, para acabar pareciéndose de una manera inquietante a izquierdistas dogmáticos y puritanos.
Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 18 de mayo de 2007 a las 10:23 am