“Oh Boy”, la profecía del cine alemán

Pocos cineastas han tenido una influencia tan decisiva en el cine contemporáneo como Rainer Werner Fassbinder. Estamos ante una figura fundamental del cine alemán y también del europeo, cuando se cumplen 45 años de su irrupción en el Festival de Cine de Berlín con su primer largometraje, El amor es más frío que la muerte. Al igual que Jean-Luc Godard, que había debutado unos años antes en Francia con Al final de la escapada, Fassbinder removía los cimientos de la cinematografía de su país partiendo de la reelaboración del género policiaco.

Meses después de su debut, Fassbinder descubrió el cine de Douglas Sirk, cineasta también alemán que desarrolló su carrera en Hollywood. La impresión que recibió fue total, ya que definió a Sirk como un cineasta que “consiguió satisfacer las necesidades del sistema y también hacer películas personales”. Aquí llegaría el punto de unión que buscaría Fassbinder en las más de cuarenta películas que dirigió en sus 37 años de vida: conjugar el sistema de producción del cine norteamericano con una visión personal (y política) en las películas.

Para Fassbinder, Alemania y Europa tenían que aspirar a crear un sistema audiovisual similar al estadounidense pero no para hacer películas de evasión y entretenimiento, sino para concienciar a la población de los desmanes de las clases gobernantes. El cine tenía que ser una herramienta para la reflexión a través del melodrama de manera que, como hacía Sirk, el espectador se fuese a casa con algo más que la sensación de haber pasado un buen rato. Según su punto de vista, cuando el cine no es un elemento de contrapoder es porque ha sido utilizado por el poder para narcotizar a la población [acceso al artículo completo]


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