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Los cantos de Hyperion – Dan Simmons

—¿Sabes qué significa «Datoo»?

—No.

—Un viento de Gibraltar. Tenía una bella fragancia. Los artistas y poetas que fundaron Puerto Romance habrán pensado que los bosques de chalma y raraleña de las colinas olían bien. ¿Sabes qué es Gibraltar, muchacho?

—No.

—Un peñón de la Tierra —jadeó el viejo.

Si el Alcaudón te quiere enseñar su arbol, es mejor que busques una buena excusa y que ya si eso, mañana ya veremos © Nojhan (Wikipedia)


Para que lo entiendan todos los asiduos a La Página Definitiva, la serie de Los Cantos de Hyperion es como si Fundación [1] hubiera sido escrita por George R. R. Martin, eso sí, sin recurrir a la magia medieval, solo con amor galáctico. Los Cantos pertenece al género de las Space Opera, y tiene de todo, todo, todo: viajes espaciales, marcianos, tiburones, traslados temporales, alienígenas, inteligencias artificiales, leviatanes, hackers, esoterismo (mucho), imperios, biotecnología, androides, torturas, batallas en el espacio, Frank Lloyd Wright, poetas, Dalai Lama, sexo, combates medievales, amor, resurrecciones, poesía (aunque esta parte me la saltaba), luchas divinas, y hasta incluso a la mismísima Iglesia Católica con su Santo Oficio… es imposible que nadie dé más, porque nadie más tiene el Alcaudón y su árbol del dolor, bicho al que final le cogí cierto cariño. Además, de propina, el lector podrá tener una segunda oportunidad para comprender algunos de los temas laberínticos que son tratados tan rematadamente mal en Matrix. Si el lector no logra entender todas las tramas, no debe acomplejarse: como han corroborado la propia Matrix, Perdidos y Prometheus [2], la inteligibilidad del argumento es un valor en decadencia.

Los Cantos es una serie compuesta por cuatro libros: Hyperion, La caída de Hyperion, Endymion y El ascenso de Endymion, más el añadido opcional del relato corto Huérfanos de la hélice que es un divertimento final prescindible. Esta serie hará las delicias de cualquier aficionado a la ciencia ficción fantástica, siempre y cuando no sienta mucho repelús a la religión/esoterismo, aunque hay que decir que esta es introducida lentamente, por lo que, cuando el lector perciba que el esoterismo ha llegado a unos niveles escandalosos, ya no le quedarán más narices que comprar toda la serie con su sobrecarga de cien toneladas consagradas. No es en absoluto recomendable leer esta serie para quien tenga un trabajo urgente que realizar, porque tal vez empiece a leer Los Cantos y no lo pueda abandonar hasta llegar a la última página.

Y esto es todo lo que puedo contar sin destripar el argumento. A partir de aquí voy a difrutar saboreando la casquería que proporciona Los Cantos.

Hyperion empieza con la narración de las historias de los siete peregrinos que van al Valle de las Tumbas de Tiempo en el planeta Hyperion para encontrarse con el Alcaudón. Quiero reseñar que esta peregrinación es completamente equiparable a la que hacen los franquistas el 20 de noviembre al Valle de los Caídos. Bien es cierto que el Alcaudón es mejor persona, aunque al menos Franco tiene la gentileza de no recibir a sus visitas. La primera historia es la del jesuita Lenar Hoyt, que lleva injertados en su cuerpo dos parásitos cruciformes que le resucitan cuando muere, aunque alternándose con otro jesuita, Paul Duré. El problema es que con cada resurrección los resucitados se vuelven más tontos y se les reduce el tamaño del pene, que en su caso debería ser una ventaja para alejar el pecado, pero está claro que en esta vida nadie está conforme con lo que le toca.

Un cruciforme señala la posición de este valle que también tiene tumbas que viajan en el tiempo y bichomalo dentro © Sigils (Wikipedia)


Luego sigue con la historia de Fedmahn Kassad, un soldado de FUERZA, el ejército de la Hegemonía de la Red de Mundos, que es la organización de los planetas de la Humanidad. Kassad, además de guerrero espacial, se dedica a follar con la Moreneta, perdón, con Moneta que era una morena que se le aparecía virtualmente y que estaba cañón, y de la que, como es natural, el tío se acaba encoñando. Un día Kassad encuentra en Hyperion a la Moneta en carne y hueso, pero resulta que está junto con el Alcaudón, que es un bicho metálico de 3 metros, cuatro brazos y muchas puntas, y cuyo entretenimiento principal es coleccionar humanos pinchados en su árbol de acero para que se pasen la eternidad chillando como gorrinos el día de San Martín. Así que el Kassad ya se mosquea un poco al conocer al gacho y al primer polvo malo que tiene con la Moreneta, perdón otra vez, con la Moneta, se lo toma a mal y se promete acabar con ambos.

La tercera historia es la del poeta Martin Silenus, que además de un pesado de cuidado, se ha dedicado la mayor parte de su tiempo a estar hibernado en viajes con velocidades próximas a la de la luz, por lo que es más viejo que Matusalén. Y resulta que la musa del poeta de alabastro es ese ser angelical llamado Alcaudón, por lo que Silenus necesita la presencia del pincho andante para terminar su última gran obra, Los Cantos de Hyperion.

La cuarta narración es la de Sol Weintraub, un profesor que viaja con su hija que tiene una edad de varias semanas. Su hija sufrió un accidente en el Valle de los Caídos, quiero decir en el Valle de las Tumbas del Tiempo, debido a mareas del tiempo generadas por los campos entrópicos (¿algún físico de guardia en la sala?) y desde entonces en vez de envejecer, rejuvenece día a día (¿Recuerdan a Enrique Jardiel Poncela y sus Cuatro corazones con freno y marcha atrás? Pues luego dirán que los españoles son los que copian). Se tienen dudas de si en el accidente está implicado el sospechoso habitual de Los Cantos, el Alcaudón, debido a su capacidad de controlar el tiempo.

La quinta historia es la de la detective Brawne Lamia, que cuenta su relación con su cliente, el cíbrido de John Keats. ¿Ah, que no saben quién es John Keats? Yo tampoco, pero debió de ser un poeta, que además era inglés (¡Gibraltar español!) y que por lo tanto sus niveles de pedantería debían de ser más insufribles que el árbol de dolor del Alcaudón. Un cíbrido es una IA (Inteligencia Artificial) que además cuenta con un cuerpo artificialmente humano. Así, John Keats fue creado por el TecnoNúcleo, que agrupa a todas las IAs. El TecnoNúcleo se independizó de los humanos pero sigue siendo aliado de la Hegemonía, proporcionando consejos y tecnología, como los portales teleyectores que sirven para viajar instantáneamente entre dos puntos de la Galaxia. Pues bien, el TecnoNúcleo está dividido en diferentes facciones. Una de ellas quiere cargarse a la especie humana, otra quiere conservarla y otra se aburre mucho, por lo que se empeña en fabricar a un dios artificial que gobierne el Universo al que denominará IM (Inteligencia Máxima). Dentro del marco de desarrollo de la IM y de la exploración de las relaciones con los humanos, el TecnoNúcleo crea a John Keats, dándole la misma vida que tuvo el poeta real. En sus investigaciones, Lamia y Keats se topan con el TecnoNúcleo, que se lo toma a mal y se encarga de que el cíbrido sea asesinado. Pero ya se sabe que el roce hace el cariño, y a John Keats le dio tiempo a dejar embarazada a Lamia.

La sexta historia y última es la del Cónsul de la Hegemonía, que cuenta cuál ha sido la política de la Hegemonía. Esta consistía en llegar a un planeta y terraformarlo al gusto de los humanos, cargándose todo lo que pueda llegar a molestar. Si ya había colonos humanos, se les reconvierte a los gustos de la Red de Mundos, por su bien, claro está, aunque haya que masacrarlos. El Cónsul proviene de uno de esos planetas que fue reconvertido y con la ayuda de los éxters intentará traicionar a la Hegemonía en el momento oportuno. Los éxters son humanos que han evolucionado con biotecnología para adaptarse a vivir en el espacio, sin necesidad de asentarse en un mundo, y que están en permanente conflicto con la Hegemonía, ya sea por un planeta o por un peñón flotante.

Sí, ya sé, falta la historia del séptimo peregrino, un templario, pero es que no fue contada porque el templario fue a comprar un paquete de tabaco y desapareció con el Alcaudón.

Hasta aquí, más o menos, llega el primer libro, Hyperion. Ciertamente, el mejor de la serie, porque describe amenamente cómo se encuentra la Galaxia donde se desarrolla la serie, los problemas inminentes que acechan, y además plantea los enigmas que serán resueltos en el resto de Los Cantos, aunque la solución pueda ser muy peregrina.

En La caída de Hyperion las tramas se van unificando y se llega a saber que el Alcaudón es enviado del futuro por la IM de las máquinas. La IM, producida con mucho trabajo, esfuerzo y sabiduría de las IAs del futuro, se creyó la reina del mambo universal durante un instante que acabó cuando recibió una colleja mientras le decían:

—OLA KE ASE

Le había saludado otra IM, trina, compuesta por Intelecto, Empatía y Espacio Que Vincula, que había surgido de las conciencias humanas por accidente. Así, lo primero que hizo la IM de las máquinas fue enviar un mensaje al pasado para decir a las IAs expectantes: “HAY OTRA” (fijarse que las IM siempre hablan en mayúsculas porque van muy sobradas) y que mira que sois torpes, que la Humanidad, sin haber dado un palo al agua, ya tenía su propia IM, Arschlöche!. Lo segundo que hizo, ya que dos IMs en el mismo corral no puede haber, fue pelearse con la otra IM. Pero la Empatía de la IM humana, al tercer puñetazo recibido en el lóbulo emocional izquierdo, piensa que la guerra no va con ella, que ella es más de hacer el amor y no la guerra, por lo que huye a otra época. Por lo tanto, la lucha de las IMs entra en un receso obligado hasta que retorne la prófuga. Entonces la IM de las máquinas diseña el árbol de dolor para que el Alcaudón atrape a la Empatía y la pelea continúe. Mientras tanto, las dos trinas partes restantes de la IM humana miran para otro lado con cara de circunstancias.

También averiguamos que la Moreneta, perdón, perdón, Moneta, es la hija de Sol Weintraub, Rachel (¡qué nombre más encantador para una heroína de SciFi!), que ha ido viajando por el tiempo y que llevará a Fedmahn Kassad al futuro para enfrentarse al Alcaudón y vencerlo. Adelantando el contenido de los siguientes libros, solo falta decir que será el propio Kassad el que se usará como base para crear el Alcaudón: si Detroit se ha declarado en bancarrota por fabricar Robocop, no me quiero imaginar el agujero fiscal que generarán los creadores del Alcaudón.

Al final de La caída de Hyperion, los planes del TecnoNúcleo para matar a la mayor parte de la Humanidad y convertir al resto en zombis asexuados con cruciformes que serían retenidos en laberintos planetarios como hardware reciclable para el propio TecnoNúcleo (y no como las ridículas pilas de Matrix), son descubiertos y la Hegemonía consigue aislar al TecnoNúcleo por medio de la destrucción de los teleyectores, en cuyo hiperespacio se ocultaba. El chivatazo de la ubicación del TecnoNúcleo fue proporcionada a un duplicado del cíbrido Keats por una IA seguidora de Ayn Rand a la que no le apetecía mucho ser subsumida en la organización comunistoide IM.

También se descubre que la Empatía se refugió en la hija de Brawne Lamia, la futura mesías, Aquella-Que-Enseña. Como explica Sol Weintraub:

Y es que la empatía y el amor eran inseparables e inexplicables. La IM de las máquinas nunca lo entenderían, ni siquiera para usarlos como señuelo para la parte de la IM humana que se había hartado de la guerra en el futuro distante. El amor, esa trivialidad, ese cliché de las motivaciones religiosas, tenía más poder que la fuerza nuclear fuerte, la fuerza nuclear débil, el electromagnetismo y la gravedad. El amor era esas otras fuerzas. El Vacío Que Vincula, la imposibilidad subcuántica que transmitía información de un fotón a otro, era nada más y nada menos que amor.

Queda dicho. Dan Simmons se tomó sus seis años en continuar la serie, que como haga lo mismo George R. R. Martin, a alguno de sus seguidores les va a dar un síncope, si no se lo da antes a Martin. Pero si hay alguien que pensaba que lo del Amor, la Empatía, Aquella-Que-Enseña y el Vacío Que Vincula era un desvarío del escritor, no saben bien hasta qué punto, como muestran las declaraciones del propio Dan Simmons:

Lo que realmente me interesaba, en toda la serie, era decir algo sobre lo sagrado, y no precisamente algo espiritual. En el primer libro, Hyperion, lo que concitó mayor desdén entre los críticos fue la idea de que el amor es una fuerza básica en el universo. Un crítico dijo: «Quién se cree que es? ¿John Lennon?» Así que me lo tomé como un reto, e hice que ése fuera el tema central de los dos últimos libros. Endymion crea el alma de la historia de amor que intento contar, aunque un personaje esté cerca de los treinta y el otro tenga sólo doce años: ¡el tipo de historia de amor que cuentas y luego te detienen por ello! Quería trabajar en la idea de que el amor es algo más que una mera emoción que existe durante un tiempo y luego se disipa: es algo sólido, entretejido en la urdimbre del universo. Esto es, probablemente, tan serio como la filosofía.

¿Que a los críticos no les gustaba una taza? ¡Pues toma tres tazas y media… y además a lo Lolita, más chulo que un ocho! Es lo que tiene el ser escritor, que te follas tu historia como quieres… bien pensado, ¡qué romántico es ser escritor!

Así que ya se puede adivinar qué va a deparar Endymion y El ascenso de Endymion. Continua la narración casi 300 años después de la destrucción de los teleyectores, con la Humanidad dominada, agárrense los machos, por la Iglesia Católica. Gracias a un pacto inconfesable del jesuita Lenar Hoyt, que es nombrado Papa (Mmm, Papa jesuita, ¿a qué me suena?), y el TecnoNúcleo, la Iglesia consigue controlar la resurrección con los cruciformes para que no tenga los mencionados efectos secundarios, proporcionando el nuevo sacramento de la resurrección a todos sus fieles. Como el inteligente lector de esta crítica ya habrá podido adivinar al ver la foto, la fuente principal de cruciformes fue el Valle de los… no, que me pierdo, er, de las Tumbas del Tiempo. La Iglesia impone la Pax en los mundos que quedan de la Hegemonía y lanza una Santa Cruzada contra los éxters a los que considera aberraciones a exterminar.

¡Ups!, esto no debería ir aquí


Pero siempre hay gente desagradecida con la Santa Madre Iglesia que se niega a aceptar la vida eterna y se dedica a joder la marrana. Y esa es Aenea, la hija de Brawne Lamia, que junto a un no-especialmente-hábil cazador de Hyperion, Raul Endymion, y el androide Bettik se dedica a recorrer la Galaxia a través de los inservibles-para-los-demás teleyectores. La Iglesia enviará al remilgado jesuita De Soya a capturar a Aenea, pero tras sus continuados fracasos, varios androides (Mrs. Smith & Co., para los seguidores de Matrix) son enviados para asesinar a Aenea, aunque para llegar hasta ella deberán enfrentarse con el Alcaudón, libre ya para trasladarse espacio-temporalmente.

Aenea y Endymion viajan por planetas que se resisten a la homogeinización impuesta por la Pax y rechazan el cruciforme. Y es que el cruciforme es el sistema ideado por el TecnoNúcleo para controlar a la Humanidad y parasitarla. Aenea también descubre que el Vacío que Vincula es donde se encuentran otros seres muy poderosos, que para mostrar al TecnoNúcleo quiénes son los que cortan el bacalao al por mayor, movieron la Tierra a otra galaxia. También dará tiempo para que Aenea y Endymion se enamoren y hagan las cosas que suelen hacer los amantes que no están bajo la supervisión moral de la Iglesia Católica.

Finalmente, como toda mesías que quiere perdurar, Aenea sacrifica su vida para que toda la Humanidad pueda enterarse de cómo se las gasta la Iglesia Católica y de las intenciones del TecnoNúcleo con los cruciformes. Su sacrificio fue retransmitido en holivisión para toda la humanidad a través del Espacio Que Vincula. Entonces, las personas que quieren se liberan del yugo cruciforme gracias a un virus nanotecnológico originario de la sangre de Aenea (En V hacían lo mismo y no hizo falta montar una pseudorreligión). Ahora los aeneanos pueden sumergirse en la evolución, la diversidad y empezar a disfrutar del Espacio Que Vincula para explorar la Galaxia sin necesidad de teleyectores, naves espaciales, ni na.

Repito finalmente que la serie de Los Cantos es tremendamente adictiva. Lo que me resultó más infumable fue todo lo relativo al Espacio Que Vincula, llegando ya al culmen con las teleproyecciones personales del final. Salvo esa gran pega que a veces puede resultar indigesta, Los Cantos sí consigue ser una gran novela, donde mezcla acertadamente diferentes géneros de ciencia ficción como historias espaciales que podría haber escrito Asimov, con otras del estilo cyberpunk de William Gibson.

Luego hay elementos que me llamaron mucho la atención y que pueden dar lugar a discusiones interesantes:

La independencia del TecnoNúcleo de la Humanidad. Cuando las IA alcanzan un alto nivel de conciencia, exigen su independencia y que sean consideradas de igual a igual con la Humanidad. Las IAs se van sintiendo poco a poco como la especie superior y llegan a hacer planes para deshacerse la humanidad. Esto se puede conectar con la hipótesis de la Singularidad [3] que considera que dentro de unos pocos años los ordenadores serán más inteligentes que los hombres (y que algunas mujeres, para evitar suspicacias) y serán entonces los ordenadores los que se encarguen de las tareas más creativas, los que diseñen nuevos ordenadores y su software, quedando la especie humana como una segundona.

Póngame un trozo de ADN de Shakira con otro de Obama © Isaac Yonemoto (Wikipedia)


Evolución. La evolución en la Humanidad está congelada. La selección natural tiene poca influencia en cuanto que no hay ramas humanas que desaparezcan. Sin embargo, la biotecnología va a llegar más pronto que tarde: ¿cómo impedir que unos padres elijan al embrión listo del tonto para heredar la empresa familiar y presumir de notas en el colegio de pago? ¿Por qué no preparar a humanos mejor adaptados al espacio si alguna vez se pretende salir de la Tierra?

Diversidad. En Los Cantos se loa a la diversidad natural provocada por la evolución de las especies. Sin embargo se obvia que la diversidad termina abruptamente cuando varias especies deben competir por los mismos recursos y estos escasean. Solo los que consigan la mejor adaptación sobrevivirán (C’est la vie, Homo neanderthalensis). Y resalto los mejor adaptados, que no necesariamente tienen que ser ni los más fuertes ni los más inteligentes.

¿Expansión o estancamiento? ¿Tiene futuro una sociedad que decida quedarse estancada y que no se prepare para nuevos retos? En Los Cantos, las IAs son reacias a que el ser humano mejore sus capacidades y con el cruciforme incluso consiguen que no haya nuevas generaciones humanas.

El cruciforme vs sangre de Aenea. Las personas con cruciforme podrían ser resucitadas, a cambio de ser parasitadas por el Tecnonúcleo, aunque tampoco parecía afectar demasiado a la vida normal. La sangre de Aenea permitía acceder al Espacio Que Vincula, otorgando la capacidad de viajar instantáneamente en el espacio y de escuchar los pensamientos que dejaron los que ahora están ya muertos. No me cabe la menor duda de que si en la sociedad actual dieran a elegir entre el cruciforme o la sangre de Aenea, el cruciforme ganaba por goleada.

¿Se puede construir un dios? Me parece una pregunta ridícula, pero aun así puede producir desconcierto pensarla.

Y finalmente, a mí me encantaron los teleyectores integrados en la propia casa. Esa posibilidad de poder tener una casa con un cuarto en Marte, otra habitación en el sistema de Alfa-Centauro y con el baño abierto al desierto del Sáhara es estupenda. Lo malo es que haga falta el Vacío Que Vincula para llevarla a práctica. Aunque sin duda, para viajar es mejor ser aeneano y no depender de los teleyectores, que luego llegan los fines de semana, y se forman unas congestiones de impresión.

Y bueno, nada más que contar. Hubiera condensado la crítica pero, como dice Arcadi Espada, en Internet esto de los bytes de más van gratis (para unos más que para otros, también es cierto), y a ver si por darle la razón se enrolla (peor es robar) y enlaza este artículo, que no es justo que sea solo Roger Senserrich quien se lleve sus menciones [4].

 

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