Enric González es un reputado periodista que ha desarrollado casi toda su carrera en el diario El País. Lo hizo, durante años, en diversas corresponsalías de pedigree, como Roma, Nueva York o Londres. Durante cierto tiempo mantuvo una columna diaria en la sección de televisión del periódico, en la que sucedió al fallecido Eduardo Haro Tecglen. Lo hizo hasta que descubrió, por la vía dura, que incluso el mejor periodista tiene sus flaquezas, su némesis, su punto débil: su kryptonita. A Enric González se le ocurrió comentar que igual las inversiones desaforadas en cadenas y derechos audiovisuales no eran una buena idea [1], y claro, pues le censuraron la columna: González había descubierto su Cebrianita [2].
Le exiliaron a la corresponsalía de Jerusalén durante un tiempo, hasta que la cosa llegó a su conclusión lógica y Enric González se marchó de su periódico, o más bien se acogió al ERE, o le “acogieron” contra su voluntad (esto último no lo tengo claro), y se marchó a Jotdown, o más bien continuó colaborando allí, donde publica una columna desde hace ya varios meses y también ha realizado varias entrevistas [3]. En el camino, González deja varios libros excelentes que son compilaciones de sus artículos, entre los cuales el que nos ocupa, “Historias del Calcio”, que recopila la columna publicada semanalmente en El País a lo largo de cuatro años (2003-2007).
Habitualmente se considera el Calcio como un coñazo de competición en el que los mejores equipos oponen planteamientos defensivos para defenderse de los postulados ultradefensivos de los rivales. Pero, tras el centrocampismo y la ausencia de goles, tenemos toneladas de espectáculo futbolístico bien entendido para aquellos dispuestos a saborearlo: partidos infames, especulación, equipos malísimos, equipos arruinados, promotores inmobiliarios, fichajes incomprensibles, mercenarios, mercenarios que sienten los colores, mercenarios comprometidos con la afición, aficiones fanáticas, comportamientos surrealistas, evasiones fiscales a mansalva, tratos con la Mafia, partidos amañados, dopaje en cantidades industriales, …
Es decir, exactamente igual que en España, salvo por lo del dopaje, que en España, de eso, no tenemos ni idea [4]. ¡Si hasta enviamos a Guardiola al Brescia para ver si allí aprendía algo de eso del doping! Luego volvió y le dijimos: “déjate de pildoritas, inyecciones y doctores Ferrari (italiano, claro. ¿Lo ven? ¿Lo ven?); ven aquí a tomarte un buen solomillito, sanísimo, que me lo acaban de traer de un restaurante, y a correr, o a filosofar con la independencia de Cataluña, que para ti es la misma cosa, chiquillo”.
Bueno, el dopaje no es lo único que nos diferencia. También está, claro, que ellos no tienen a los dos mejores equipos del mundo, siempre rivalizando por ver quién le mete goleadas más apabullantes a los restantes dieciocho que ejercen de comparsas en la Mejor Liga del Mundo Y del Universo Conocido (MLMYUC). A cambio, tienen un buen número de equipos razonablemente competitivos, entre los cuales el Inter, el Milan, la Juventus, la Roma, la Lazio, la Fiorentina, … Muchos en absoluta decadencia, cierto es. La mayoría, sancionados en su momento (e incluso descendidos a Segunda División) por el escándalo de los partidos amañados (que en España tampoco hay; ¡aquí todo es limpio!). Pero, aun así, su existencia promete una competición más o menos abierta, comparada con la española (¡Ah, España…! ¡Cada vez son más los vínculos que nos unen con Escocia!).
Pero, por si lo anterior no es suficiente para convencerse uno de las delicias del Calcio, los artículos de Enric González cumplirán, sin duda, esa función. Algunas historias son verdaderamente alucinantes:
A un cuarto de hora del final debutó [con el Perugia] en la Serie A italiana, a los 31 años, Saadi Gaddafi, el hijo del coronel, el único futbolista que ha cumplido sanción por dopaje sin jugar un solo minuto, el hombre que ha cambiado las reglas del negocio futbolístico: a Gaddafi no le fichan, él es quien compra el club. La Juve perdió contra un equipo en el que se alineaba Gaddafi, antiguo miembro de su consejo de administración, ex accionista de la sociedad, socio privilegiado de los Agnelli, futbolista de chiste. (pág. 59)
El alma italiana, fatalista y amante del drama, nos proporciona también grandes momentos, como cuando González habla de las desgracias del Torino, que lleva décadas conformándose con su papel de mero comparsa de la Juventus, pero que en los años cuarenta era el mejor equipo de Italia… Hasta que el avión en el que viajaba toda la plantilla se estrelló contra el monte Superga, en 1949. El Torino nunca volvió a levantar cabeza, aunque veinte años después, en los sesenta, vivió una “edad de plata” merced a las diabluras de un gran jugador: Gigi Meroni. Y esto es lo que pasó:
El 15 de octubre de 1967, al concluir un partido, Gigi Meroni fue atropellado por un joven de 18, tifoso del Toro, que acababa de sacarse el carnet. Después de llorar a Meroni, cuyo féretro fue expuesto en el centro del estadio, la afición fue a animar al conductor, hundido en una depresión espantosa. Aquel muchacho que mató a una mariposa de 24 años se llamaba Attilio Romero y es hoy presidente del Torino (págs. 72-73)
Por no hablar del “pupas” oficial, el equivalente al Atlético de Madrid (pero con mucho más dinero): el Inter de Milán. Actualmente –gracias a Mourinho y su victoria en la Champions League- se ha desdibujado un tanto su imagen de eterna desgracia, pero su historia es la que es:
No existe ninguna otra sociedad futbolística que haya gastado más de 650 millones de euros en una década para comprar unos ciento veinte futbolistas y ganar sólo una copa de la UEFA, ni se conoce asociación humana tan desafortunada como el Inter (…) Un chiste que cuentan los milanistas. Gatusso apuesta con Ancelotti y sus compañeros que él solo se basta para ganar a todo el Inter. La plantilla del Milan se va de vacaciones durante el derbi y no puede ver el encuentro, por lo que llaman a Gatusso y le preguntan cómo ha ido. Gatusso, irritadísimo, responde que ha empatado a uno. ‘¿Y por qué estás enfadado? –le pregunta Maldini-. Un empate, uno contra once, es grandioso’. ‘No –responde Gatusso-, si el resultado no es malo, lo que me molesta es que me hayan expulsado por protestar a mitad de la primera parte’. (págs. 98-100)
Tal vez, viendo estas cosas, Ustedes piensen que, también en esto, en Italia nos ganan. Pero no se equivoquen. A impresentabilidad es difícil ganarnos. Así a vuelapluma me acuerdo, no sé: de Gil atizando a Caneda mientras el acompañante de Caneda dice “Calamidad… Eres una calamidad”; de Juan Soler poniéndose a construir un nuevo campo de fútbol para el Valencia antes de vender los terrenos con los que iba a pagarlo (terrenos que hoy no valen ni la tercera parte de lo que supuestamente valían entonces), con lo que el Valencia dispone, hoy por hoy, de campo y medio de fútbol, este último (“el mejor medio campo de Europa”) con las obras paradas durante años, pues no hay dinero para terminarlas; del nuevo presidente del Madrid, Fernando Martín (el mafiosillo inmobiliario de Martinsa-Fadesa), compareciendo ante la prensa junto con su familia en una imagen para la posteridad, meses antes de que el gigantesco pufo inmobiliario de su empresa se pusiera de manifiesto; y mi favorita: el descenso administrativo de Sevilla y Celta a Segunda B por no satisfacer en plazo y forma unos avales, lo que provocó el ascenso inmediato de Albacete y Valladolid. La impresionante movilización ciudadana en Sevilla y Vigo, en pleno mes de agosto, dio una lección de civismo y poder de la opinión pública concienciada que paró los descensos y provocó que la Liga de Fútbol Profesional adoptase una sabia decisión: lo que se conoció como “La Liga de 22”. 42 jornadas y más fúmbol que nunca. Una decisión cuyos efectos benéficos aún podemos disfrutar en la Liga Adelante, que sigue teniendo 22 equipos.
Uno de los artículos de Enric González, dedicado al Livorno, se extiende en un aspecto particularmente interesante: la adscripción política de los equipos de fútbol italianos.
Los clubes italianos solían atribuirse, en otro tiempo, una identidad política. En Turín, la Juventus era de derechas y el Torino, de izquierdas. En Milán, el Milán se consideraba progresista, y el Inter, conservador. En Roma, la Lazio atraía a la ultraderecha (Mussolini era tifoso) y la Roma, a los comunistas. El Bolonia y casi todos los toscanos, como el Livorno, tendían a la izquierda. Ascoli, Verona, Padova y Triestina eran percibidos como neofascistas (pág. 69).
¿Y en España? ¿Puede detectarse algo semejante? Sin duda, en el franquismo era algo difícil establecer este tipo de dicotomías, aunque sólo fuera por la sincera devoción que todas y cada una de las directivas (y aficiones) profesaban al Caudillo, que seguro que es socio de honor, o presidente de honor, de muchos equipos aún hoy en día. Pero, en cualquier caso, sí que podemos encontrar cierto calado político en torno a dos ejes, los dos que siempre hay que contemplar en España: por un lado el clásico izquierda / derecha y por otro el españolismo / nacionalismo periférico. Ejes que a menudo han acabado confundiéndose en la valoración de los equipos. Por ejemplo, a pocos les caben dudas de que el Real Madrid es, desde hace bastante tiempo, un equipo “de derechas”. El equipo que representa al nacionalismo español y a las clases dirigentes madrileñas. Y que, por otro lado, era la niña bonita, el favorito, el equipo del Régimen en los gloriosos años del Caudillo.
Curiosamente, esta decantación del Madrid ha provocado una adscripción del archienemigo, el Barcelona, hacia la izquierda, sobre todo entre los aficionados no catalanes. En Cataluña el Barça es un club hegemónico y, por tanto, transversal en lo ideológico, aunque muy ligado con un imaginario identitario-nacionalista. Más o menos lo mismo que ocurre con el Athletic de Bilbao en el País Vasco. Y lo que ocurre con casi cualquier club que ostente una posición de predominio, o de representación en exclusiva, de un territorio (como ocurre con el Real Zaragoza, el Osasuna o el Valladolid).
En cambio, en cuanto se juntan varios clubes en un mismo espacio sí que es relativamente sencillo establecer dicotomías de, como diría Míchel Salgado, “ricos y pobres”: Por ejemplo, entre el Valencia (burguesía valenciana) y el Levante; el Oviedo (¡figúrense, propiedad de Carlos Slim!) y el Sporting de Gijón; el Sevilla y el Betis; o el Real Madrid y el Atlético de Madrid, este último aquejado de una peculiar esquizofrenia: la composición social de sus aficionados, en principio, le ubicaría más bien en la izquierda, sobre todo en oposición al poderoso Real Madrid. Pero su origen como Atlético Aviación (no ya “Equipo del Régimen”, sino directamente del Ejército español) y su deriva ultraderechista desde que Jesús Gil se hiciera con la presidencia obviamente contradicen esa adscripción ideológica.