Para festejar los éxitos de la selección española de fútbol en la Eurocopa, rutilantemente clasificada para semifinales ante Francia [1], lo que ha permitido que nos meemos en su cara a base de EPO y que nuestros políticos insulten a los jugadores gabachos para satisfacción general, este mismo lunes hemos pedido, al fin, a Europa que nos meta pasta en los bancos españoles. Ha sido una decisión difícil, a la que nos hemos resistido como gato panza arriba, pero al final ha habido que aceptar las condiciones de la Eurozona (encabezada por los alemanes) porque la alternativa es tan dramáticamente obvia que en estos momentos hasta los políticos y la prensa española son medio conscientes de ella: o rescate o el sistema financiero más sólido y solvente del mundo se lleva por delante al país.
Como es tradición, eso sí, el Gobierno no nos ha dicho de momento cuánto dinero ha pedido. Y sigue mareando la perdiz respecto de si esto convierte a Europa en acreedora preferente del Estado. Incluso, respecto de si esto supone ligar al Estado o sólo a la banca española. El “problemita” es que las opciones no son demasiadas, de nuevo. Porque los informes llenos de generalidades y de cifras aproximadas sobre la banca española presentados la semana pasada por unas consultoras internacionales se han cuidado muy mucho de decir nada concreto sobre los bancos españoles de forma individualizada, pero sí han tenido que dejar algunas perlas como las siguientes:
– que en el “escenario adverso que es casi imposible que se produzca” (un escenario con un 25% de paro y la deuda española al 7’5%, juzguen Ustedes mismos lo absolutamente inconcebible e imposible que es) la banca española necesitará unos 60.000 millones de euros o, directamente, implosiona;
– que se prevén unas posibles pérdidas de nada en todo el sector de unos 300.000 millones de euros, una minucia, como es sabido, que diría nuestro querido Carlos Dívar;
– que la banca española lleva años computando mal sus activos inmobiliarios (¡como si el Gobierno y el BdE no lo supieran!, ¡si fueron ellos los que lo alentaron con cambios en las normas contables propios de nuestro capitalismo de amiguetes!) y que entre los créditos que se declaran como préstamos a empresas y demás hay oculto muchísimo suelo o pasta dada a empresas dedicadas a la promoción, que en plan refinanciación y gaitas varias tratan de ocultar lo que cae por su propio peso: son en su mayoría incobrables.
Estas son las razones, grosso modo, por las que desde Europa tienen pocas ganas de que el Estado español no sea el intermediario (y responsable) de las ayudas a nuestra banca. Básicamente, y de modo resumido, porque casi todo el mundo cree que hay una alta probabilidad de que, a la postre, la banca española no sea capaz de devolver el dinero. Así que, dado que la pasta va a servir para que no implosiones nuestro sistema financiero, pues que se responsabilice del dinero quien más se va a beneficiar del mismo… y quien no tiene más remedio que tragar salvo que ose hacer un órdago a la grande y dejar caer a sus bancos, en plan “me quedo ciego para dejarte tuerto, Merkel, a ver si así te acojonas”.
Porque la gran baza de España para negociar, en el fondo, y a efectos prácticos, es la de siempre: estamos tan mal que no tenemos demasiado que perder y nos podemos llevar por delante a media Europa (empezando por Italia [2]) y siguiendo por Francia, por no hablar del euro (ya comatoso en su actual estado). Porque España no es Grecia, es algo mucho peor, algo demasiado gordo y demasiado imbricado en el sistema euro como para caer así como así… y algo que tiene, en el fondo, problemas económicos estructurales peores, en algunas parcelas, que los de la misma Grecia. Ya dijimos cuando analizamos el libro de Michael Lewis sobre la crisis en diversos países que no había tratado el caso español pero que casi daba igual que no lo hubiera hecho [3] porque teníamos locura inmobiliaria como los irlandeses, pelotas bancarias en plan “a cojones no me gana nadie” como las de los islandeses, derroche y corrupción como los griegos, inversiones muy poco inteligentes como las de los alemanas… La cuestión era hasta dónde había llegado nuestro nivel de mala gestión. ¿Éramos moderados consumidores de todos los brebajes económicos chungos o por el contrario le hemos dado a todo y, además, a base de bien? A medida que avanzan los meses esta última alternativa se dibuja cada vez más como, al menos, moderadamente ajustada. Llevamos una tajada de nivel de inglés de Birminghan en Benidorm de despedida de soltero que haría palidecer al mismísimo Borís Yeltsin:
– España no es Grecia porque nuestro sistema financiero, además del más sólido del mundo, es el muerto viviente que más acojina del mundo. En Grecia los bancos tienen problemas porque la gente está retirando sus ahorros de ellos a marchas forzadas al temerse un impago y la salida del euro. El día que esto comience a ocurrir en España, que llegará si a la actual situación no se le pone freno, el castañazo aquí va a dejar corta esa previsión de pérdidas de 300.000 milloncejos de nada. Porque en España el sector financiero se divide en 3 grandes grupos, que no son los que dicen los informes de consultoras pedidos por el Gobierno (bancos sanos, bancos sanos pero que pueden necesitar un dinerillo de nada, que se cae de la mesa y se mata, y una minoría de bancos que han de ser recapitalizados) sino los siguientes: bancos que se salvan porque las salvajadas que han hecho aquí se compensan con la pasta que extraen de Latinoamérica gracias a que allí sigue funcionando la manera española de hacer negocio, fenómenos raros de un par de cajas de ahorro que se han dedicado a invertir en industria y economía real en vez del ladrillo (en concreto, estamos hablando de dos entidades, quizás tres, y poco más) y el gran grupo de banca española quebrada a efectos prácticos, que vive desde hace meses con respiración asistida en forma de pasta inyectada por el BCE a cambio prácticamente de nada (es decir, de deuda española con un valor en el mercado equivalente a los cromos de la Roja esos que te salen ahora con el Bollycao).
– España no es Grecia porque allí, al menos, a base de vivir instalados en un enorme puteo, han logrado medio equilibrar el presupuesto por así decir “ordinario” del país. Es decir, que quitando el coste financiero de pagar deuda e intereses, el Estado griego, en estos momentos, se puede mantener. Si mañana regresan al dracma, deciden no pagar la deuda externa y empezar con el contador a cero tendrían un problema (su nueva moneda devaluada les encarecería las importaciones, siendo las energéticas esenciales, y tendrían que ajustar todavía más) pero manejable dentro de lo que cabe. El déficit estructural español, por el contrario, rondaba todavía en 2011 los 50.000 millones de euros al año (y eso, si nos fiamos de las cifras que nos da el propio Gobierno, que a estas alturas es un ejercicio de fe notable). Y diciéndolo finamente no da la sensación de que esté bajando mucho. En España la mitad de la población vive instalada en lo que achacamos a Grecia: no pagar impuestos. Y así seguimos, y seguiremos, por muchas leyes anti-fraude que apruebe el Gobierno (por Decreto-ley, es de esperar) con efectos cosméticos (como la anunciada el viernes pasado) y sin ninguna voluntad de cambiar las cosas, porque están estructuralmente tan ancladas en nuestro modo de funcionar que, justo es reconocerlo, no es nada fácil modificar esto en plan serio. Más todavía si seguimos negándonos a ver la realidad. Pero el resultado es el que es. A mí me pasa como a todos, supongo, que desde hace unos meses la gente que da por supuesto que te vas a quedar el ticket del restaurante de la cena del viernes con amigos o de la autopista que has tomado el sábado o el domingo no sólo no se reduce sino que se incrementa. Y será que soy un tío raro y chunga, pero como sujeto con nómina que acaba de hacer la declaración de al renta me pone de una mala leche notable.
– España no es Grecia porque tenemos un 25% de paro (todavía por encima de los griegos, en esto también somos Campeones de Europa) y un sistema de provisión social que hace frente al mismo algo más desarrollado que ellos, a punto de implosionar. En breve vamos a ver, de hecho, cambios en esto, porque el Estado se va a ver obligado a recortar aquí (o le van a obligar desde fuera). En cualquier caso, es un problema estructural bien jodido, a la vista de que las perspectivas para el próximo lustro son las que son en materia de empleo y que la alternativa es dejar cada vez a más gente en una situación próxima a la indigencia. Pero tranquilos, nos dicen todos, que tenemos las pensiones de los abuelos para que ayuden a llegar a fin de mes a toda la familia. Una locura muy española que parece, de nuevo, imposible arreglar a corto plazo.
Así pues, el país está técnicamente quebrado. Nadie le quiere prestar. Nadie compra deuda española. Y lo que es peor, nadie lo va a querer hacer tampoco en el futuro porque esto tiene difícil arreglo y, sobre todo, seguimos empeñados en no arreglarlo (es más, seguimos empeñados en no verlo). Los tipos del 6’5%-7% a que se adquiere el bono español a 10 años en el mercado son irreales porque la banca española es quien los está comprando, para darlos de colateral al BCE y que éste le meta dinero al 1% (y ya vamos por varios cientos de miles de euros introducidos así en el sistema, para tranquilidad de todos, y sobre todo de los economistas de la Bundesbank, que están incluso dimitiendo y largándose del BCE para que quede claro que esta mierda no es idea suya). O eso, o la compra el fondo de garantía de la Seguridad Social (que por su norma reguladora tenía la obligación de comprar activos triple A, pero es sabido que el marco jurídico en España tiene menos valor que una portada del Marca y que todo el mundo se lo toma con la misma seriedad). Sin estas ayudas europeas y las trampas al solitario da miedo pensar en qué niveles estaría la deuda española. Porque, sencillamente, no hay casi nadie en el mundo que, ni siquiera a estas altas rentabilidades, considere que el riesgo de impago de una economía quebrada como la nuestra compense la posible ganancia. Y así vamos tirando. Engañándonos a nosotros mismos pero sin engañar ya a casi nadie fuera de aquí. El problema es que la huida hacia adelante piramidal empieza a agotarse en sí misma. Y hace que cada día el riesgo de un default español sea menos inquietante para la banca europea que nos prestó en su día y para el resto de Europa, para ser un disparo que iría, esencialmente, en un círculo vicioso perverso, a nuestro pie. A nuestras pensiones, a nuestra banca…
Queda agarrarnos, de nuevo, a que España no es Grecia. No lo es en tamaño y en estructura económica. Es obvio que el desastre en España contagiaría definitivamente a Italia y a continuación a Francia. Y que liquidaría el euro. De modo que el Rescate 2 está en camino. A cambio se nos va a pedir “más Europa”. Pero no nos engañemos respecto de lo que “más Europa” significa: pérdidas de soberanía en favor de quienes ponen el dinero y en favor de quienes son más en Europa (los 90 millones de alemanes, vamos). Y no tengo nada claro que, cuando empiecen a llegar las facturas, nos gusten demasiado. No gustarán, sobre todo, a los más entusiastas ahora de esa vía, porque a lo que se ve (y a lo que se lee) creen que es un mundo de fantasía donde todo se arreglará solo y podremos seguir haciendo aeropuertos como la T4 de Barajas propios, por gasto y funcionalidad, de una monarquía saudí. Ocurre que la alternativa da tanto miedo, máxime viendo cómo hemos gestionado el país y cómo, a estas alturas, seguimos gestionándole, que casi da la sensación de que, en efecto, no hay opción.