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Polanco. El señor de El País – Enrique González Duro

Tengo un amigo que, cuando navega por Internet, se deja llevar por sugerentes anuncios que aparecen en la pantalla en plan “Tías cachondas”, “Todo sobre los fichajes del Madrid”, “Descubre los secretos de la nueva temporada de Juego de Tronos [1]”. Mi amigo pincha en el banner y… ¡Acaba leyendo la transcripción de una aburrida conferencia de Geología!

A mí me ha pasado lo mismo con este libro. Me lo encontré hace un par de meses en una librería, con el título “Polanco. El señor de El País”, y con esta portada:

Mira qué polanquista soy

Y, por supuesto, me lo compré. ¿Qué querían Ustedes que hiciera? Hice lo que tenía que hacer. Comprármelo, leérmelo, comprobar que el libro es una vergonzosa engañifa, y venir aquí a contárselo a Ustedes.

Pocas figuras resultan más contradictorias, en su valoración pública, que la de Jesús Polanco. A juzgar por lo que cuentan en El Mundo, la COPE, Libertad Digital, ABC, Intereconomía, Polanco es un pedazo de hideputa sin escrúpulos, un malvado ladrón acaparador de favores del Gobierno, manipulador de la prístina verdad como si fuese alguien de LPD hablando de UPyD y el papel del laicismo como activo financiador de la Iglesia española, … Y también abundan, por supuesto, en su escaso nivel cultural y turbia vida privada: que si no leía nada, que si se jactaba en la redacción de El País de echar cinco polvos sin sacarla [2], …

En cambio, todo lo que cuentan de él en El País, la SER, Canal +, y demás medios de PRISA, nos hace pensar en Jesús Polanco como un hombre radicalmente distinto, comenzando por el nombre (que se convierte en Jesús de Polanco) y finalizando por su activo compromiso cívico con los valores de convivencia que don Jesús ayudó a cimentar con su valiente apuesta por la democracia y el pluralismo, de los que siempre fue firme defensor, expresados en sus inversiones en los medios de PRISA y en su activo papel como difusor de la cultura en España y Latinoamérica. De los cinco sin sacarla no se habla, pero se le suponen.

En consecuencia, cuando uno se compra un libro con el título de “Polanco. El señor de El País”, espera que le cuenten, pormenorizadamente, la vida y milagros de uno de los personajes más influyentes de la democracia española, desde la Transición hasta su muerte en 2007 [3]. Sus gloriosos inicios en la tierra de las oportunidades de la España de Franco; su crucial papel para consolidar el proyecto de El País y, también, sus maniobras para apropiárselo; sus connivencias con el Gobierno socialista y, sobre todo, con Felipe González, que dieron lugar al maravilloso concepto del “Polanquismo – Felipismo”; su control de los medios de comunicación y sus maniobras para engrandecer el Imperio del Monopolio,…

Todo esto aparece en el libro, pero de refilón, a menudo mal contado y tocando de oído. Algunas de sus invectivas antipolanquistas son brillantes… Pero están extractadas de manuales de felipismo aplicado de primera magnitud, como “El negocio de la libertad”, de Jesús Cacho [4]. Por otra parte, el autor no habla apenas de Polanco, cuya figura aparece desdibujada al fondo de la trayectoria del diario El País (de las demás empresas de PRISA apenas se habla en comparación), que sí que se trata con cierta profundidad.

Por otro lado, el autor disfruta entreverando la historia de El País con un completo resumen de la historia de España desde la Transición hasta la actualidad, caracterizado por esta evolución: a) derecha de UCD mala; b) PSOE felipista peor aún; c) Aznar bueno buenísimo. El resumen, más allá de la valoración de cada etapa, no es que sea horrible, pero se echa en falta, por la misma razón por la que dicho resumen se incluye, una Historia de los Mundiales durante estos años, o del cine español, que aportarían a la historia de Polanco y El País más o menos la misma sustancia, pues no se trata de hablar de Polanco y El País con el trasfondo de la historia, sino de hablar de la historia para rellenar, descaradamente, páginas que no se pueden llenar con El País y, sobre todo, con Polanco.

De esta manera, un libro hecho con retazos de toda clase, un libro que claramente le pesa a su autor, un libro oportunista en el peor sentido de la palabra (y, lo que es más grave; ¡un libro con el que me ha engañado a mí!), acaba prodigándonos momentos notables. Sobre todo, de dos clases:

– Por un lado, los síntomas de esquizofrenia que prodiga su autor (que, para más inri, es psiquiatra). Polanco es, primero, muy malo, pues se aprovecha de los resortes de poder del franquismo para medrar. Luego es, en cambio, muy bueno. ¡Gracias a él, El País se mantiene alejado de la malvada derecha franquista que quería controlarlo! Después, Polanco vuelve a ser muy malo: ¡vive del erario público y de los favores políticos, como ha hecho toda su vida!

Especialmente emotivo es, en este aspecto, el recordatorio del juez Gómez de Liaño y la espeluznante historia de la Guerra del Fútbol de 1996-97, en la que Liaño encausó a Polanco, Cebrián y medio grupo PRISA por un “escándalo” consistente en que PRISA no tenía en depósito, guardada bajo siete llaves, la fianza inicial que pedía a los nuevos abonados de Canal + a cuenta del descodificador, sino que… ¡La invertía en otras cosas! ¿Y si todos los abonados pedían el depósito al mismo tiempo qué pasaría, eh? ¿Eh?

Pues según el autor, Liaño es un caballero andante que quiere luchar contra la opresión polanquista y, claro, sale trasquilado. Tal es el sino de aquellos que se enfrentan a Polanco, un hombre que no tiene más ideología que el poder y el beneficio. Todo lo cual estaría muy bien si el mismo autor no nos hubiese conmovido hasta las lágrimas, un par de capítulos antes, explicándonos cómo Polanco era el héroe de la redacción de El País en los duros inicios, cuando se afanó en preservar su independencia frente a las momias de la derecha reformista que querían emplear el periódico como diario de partido. La cosa pinta mucho a que, según qué fuente maneje, Polanco pasa del Bien al Mal cual personaje de culebrón venezolano (iba a poner “cual personaje de Juego de Tronos [1]”, pero luego me he dado cuenta de que ya había cumplido con la cuota “Juego de Tronos” al principio del artículo).

– Por otro lado, los espectaculares y abundantísimos errores que pululan por todo el libro, con especial mención a las fechas, donde directamente llega a parecer que el autor se cachondea de los lectores. Por ejemplo, esta narración de la crisis del Prestige:

El 13 de noviembre el Prestige (cargado de fuel) había sufrido una enorme vía de agua en uno de sus tanques cuando navegaba a 27 millas de las cosas de Finisterre (…) El Ministerio de Fomento se hizo cargo de la situación, y el día 14 de septiembre dio orden de alejar al petrolero de la costa para evitar que encallase (…) El 19 de diciembre ocurrió lo inevitable: el petrolero se partió en dos y se fue hundiendo en alta mar (…) El 23 de noviembre Aznar reunió al comité ejecutivo de su partido (pp. 303-304)

El libro, por tanto, es perfectamente prescindible. Tan sólo en las primeras páginas cuenta cosas interesantes, cuando habla de los orígenes de Polanco y, sobre todo, de su imperio. Por ejemplo, de cómo aprovechó su amistad con el entonces subsecretario de Educación, el opusdeísta Ricardo Díez Hochleitner, para forrarse a vender manuales escolares en el tardofranquismo. El ministerio obligó a implantar los nuevos contenidos educativos de la Ley General de Educación de 1970 en cuestión de semanas, y sólo Santillana, la editorial de Polanco, y Anaya estaban preparados a tiempo (cabe suponer que porque conocían de antemano dichos contenidos, o bien porque “alguien” se los había filtrado o porque contaban con los mejores videntes y hechiceros del mercado de lo paranormal). De cómo se hinchó nuevamente a vender libros años después en Sudamérica, con cargo a los Fondos de Ayuda al Desarrollo creados por los Gobiernos del PSOE: Polanco vendía manuales a los países sudamericanos con cargo a los créditos FAD, que pagaban el chiringuito. ¡Todo el mundo salía ganando! Y, también, de cómo tuvo la visión de participar en un diario tan influyente, y tan importante para la composición de la moderna democracia española, como El País; de respetar el criterio de la redacción y su independencia periodística, al menos durante los primeros años de trayectoria del periódico, frente a los embates de Fraga, Areilza, Ortega Spottorno o García Trevijano. O del tono “Familia Real” con el que El País siempre habló de Polanco, sólo comparable con el tono que emplea cuando habla… de la Familia Real. Cientos de grandes momentos que, por desgracia, el autor nos escamotea en este libro, dándonos a menudo gato por liebre.адвокат україни [5]

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